La agricultura europea entra en uno de los capítulos más revolucionarios —y apasionantes— de su historia. La reciente regulación de las Nuevas Técnicas Genómicas (NTG), aprobada por Bruselas, supone un hito sin precedentes que permitirá desarrollar en tiempo récord variedades vegetales más resistentes a la sequía, a plagas y enfermedades, y serán capaces de mejorar su rendimiento o sus cualidades nutricionales. Todo un reto para garantizar el abastecimiento de una población en crecimiento (Naciones Unidas estima que pasaremos de los más 8.000 millones de personas actuales a 9.700 millones en 2050) de forma sostenible y en un escenario donde ya se sufren los efectos del cambio climático. Europa se asegura así su soberanía alimentaria en una época de tensiones geopolíticas, al tiempo que estas nuevas soluciones permitirán al sector agrícola del viejo continente competir frente a potencias como China y Estados Unidos que, gracias a legislaciones más laxas, han tomado la delantera en la carrera de la innovación vegetal.
España no parte de cero en este desafío. Somos la cuarta potencia de Europa en exportación de productos agroalimentarios y la octava a nivel mundial. Y el segundo exportador del planeta de frutas y hortalizas en valor, solo por detrás de Estados Unidos. Nuestro país cuenta con un gran músculo científico con más de 70 centros dedicados a la investigación en agricultura y agroalimentación. Algunos de referencia internacional como el Centro de Investigación en Agrigenómica (CRAG) de Barcelona, el Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas (IBMCP) de Valencia, el Instituto de Investigación y Tecnología Agroalimentarias (IRTA) de Cataluña, o el Instituto de Agricultura Sostenible (IAS) de Córdoba.
Capacidad científica
Una oportunidad para que la transferencia de sus innovaciones vegetales lleguen a los agricultores y a todo el tejido empresarial. No hay que olvidar que fue el científico alicantino, el doctor Francisco Mojica, quien descubrió el mecanismo genético base que dio pie a desarrollar la tecnología Crispr: las tijeras moleculares de la edición genética que han revolucionado la biotecnología. Un trabajo de las doctoras Emmanuelle Charpentier y Jennifer A. Doudna galardonado con el Nobel de Química 2020. «Llegamos tarde a esta carrera pero no significa que se haya perdido el tren, porque Europa tiene una gran ventaja: su capacidad científica. Y los centros de investigación españoles son muy buenos en edición genética junto a empresas con capacidad para implementar cultivos con estas técnicas», valora Gonzaga Ruiz de Gauna, director de Biovegen, la Plataforma Tecnológica de Biotecnología Vegetal.
El hombre ha seleccionado y cruzado especies de plantas para mejorarlas desde siempre. Hasta conseguir, generación a generación y de forma espontánea, mutaciones en el genoma que han dado lugar a la variedad con las características que pretendía. Desde los años cincuenta del pasado siglo, se comenzaron a utilizar agentes químicos y radiación para producir mutaciones de forma aleatoria en los vegetales y obtener nuevas especies.
Los OGM
Hasta que llegó la transgénesis a finales del siglo XX, que introduce un gen de un organismo al genoma de otro diferente, dando lugar a los estigmatizados Organismos Genéticamente Modificados (OGM). Estos cultivos, que tanto rechazo social producen, empujaron a Europa a adoptar una normativa extremadamente restrictiva, a pesar de que se someten a rigurosos estudios para evaluar su seguridad, impacto ambiental y eficacia antes de su uso. Aún así, se permitió alguna excepción: en España y Portugal se cultiva el maíz transgénico Bt para piensos de animales, diseñado para resistir a la plaga del insecto taladro. Y no hay que olvidar que algunos de estos productos están en nuestro mercado. «En Europa no cultivamos transgénicos, pero los importamos, porque la mayor parte del maíz y la soja que alimenta nuestro ganado es de cultivo transgénico. Se ha despertado una alarma social no justificada. Hace ya 40 años que estos productos están en el mercado, hay 200 millones de hectáreas sembradas con maíz, soja y algodón transgénico en China, EE.UU., Japón, India y Latinoamérica. Y no se ha producido ninguna alarma», defiende Antonio Villarroel, director general de Anove (Asociación Nacional de Obtentores Vegetales).
Editar el ADN
En ese contexto aparecieron en la primera década de este siglo las Nuevas Técnicas Genómicas (NTG), un conjunto de herramientas que permiten editar la secuencia de ADN de una planta. Entre ellas destaca Crispr-Cas9, que actúa como una tijera molecular capaz de cortar, insertar o sustituir con extrema precisión el ADN. A diferencia de los OGM, esta tecnología «no introduce ningún gen sino que los corrige, silencia los que son responsables de determinadas enfermedades y activa los que tienen alguna característica positiva», explica Villarroel. «No consiste en introducir material genético», insiste María Lois, directora del Centro de Investigación en Agrigenómica de Barcelona (CRAG). «Es reescribir y modificar el ADN que ya está dentro de la planta. Estos cambios son indistinguibles de los que ocurren de forma espontánea en la naturaleza. Son modificaciones que podemos dirigir, controlar y conocer sus efectos, no es una mutación al azar», aclara. Y ofrece un ejemplo: «Si un gen tiene una secuencia específica resistente a la sequía, la copio en la planta no resistente y la convierto en resistente».
Pues bien, a pesar de esas diferencias, la UE consideró que las plantas obtenidas mediante edición genómica estaban sujetas a las mismas normas que los organismos genéticamente modificados, vigentes desde hace más de dos décadas. Un marco regulatorio que ha frenado el desarrollo y la comercialización de variedades mejoradas con NTG en los países europeos, mientras otros con normativas más flexibles como EE.UU., China, Brasil, Japón, Canadá, Argentina… permitían su entrada en el mercado.
Ante la evidencia científica que demuestra que las NTG y los OGM son técnicas diferentes, la UE ha cambiado de rumbo y ha dotado a las primeras de una regulación propia. El reglamento establece dos categorías: las plantas NTG-1, que presentan modificaciones genéticas limitadas (un máximo de 20) y que perfectamente podrían producirse mediante el mejoramiento convencional o de forma espontánea en la naturaleza. Una vez verificadas, se considerarán plantas convencionales y estarán exentas de la estricta normativa sobre OMG. Por el contrario, las plantas NTG-2, con cambios más complejos, seguirán sujetas a la normativa vigente sobre OMG. «Esta nueva regulación supone un cambio de paradigma al reconocer que los cultivos conseguidos con edición genómica son equivalentes a los obtenidos por la mejora convencional. Corrige un desfase que estaba lastrando la innovación agroalimentaria en Europa desde hace décadas», considera Gonzaga Ruiz de Gauna.
La edición genómica va a ser decisiva ante diversos contextos que se están produciendo. Por un lado, los efectos del cambio climático ya están aquí con lluvias torrenciales y periodos de sequía más prolongados e intensos que provocan estrés térmico en las plantas. «Con estos cambios están reapareciendo plagas, se agudizan las que ya teníamos y están llegando nuevas por el comercio exterior. Si además, la UE está restringiendo el uso de pesticidas que ayudan a que los cultivos estén sanos frente a las plagas, tenemos menos herramientas de sanidad vegetal. La edición genómica nos va a permitir nuevas variedades para hacer frente a todos estos retos», cree César Marcos Cabañas, coordinador y responsable de Comunicación de la Alianza por una Agricultura Sostenible, donde están las organizaciones profesionales agrarias más importantes del país como Asaja, UPA y COAG.
En menos tiempo
Una de las principales ventajas es que la edición genómica consigue especies nuevas en mucho menos tiempo. «La mejora convencional, desde que empiezas a hacer cruces hasta que la variedad llega al mercado, tarda entre 10 y 15 años. Con Crispr tardaríamos de 5 a 7», afirma Villarroel. Y esto es crucial frente a la crisis climática, destaca Lois: «A través de la mejora vegetal convencional no llegamos a tiempo para adaptar los cultivos al cambio climático. La edición genómica acelera este proceso, aunque aún existan barreras técnicas que requieren más investigación y recursos».
En el CRAG se estudio el papel que tienen los genes en la adaptación de las plantas a distintas condiciones ambientales para hacer frente a los retos del cambio climático.
Por otro lado, el consumidor exige calidad, «variedades que tengan características saludables y perfeccionadas», asegura Marcos Cabañas. Por ejemplo, en Japón ya se comercializa una especie de tomate editado con Crispr que contiene altos niveles de GABA, un aminoácido que ayuda a reducir la presión arterial. En España, el CSIC ha logrado, mediante edición genómica, un trigo apto para celíacos. Y en el Reino Unido, se ha obtenido un plátano que no se oxida. «Y la industria alimentaria, de envasado, salsas… también necesita nuevos productos en sus procesos», dice Cabañas. Ahí está el maíz ceroso con un alto contenido en amilopectina que se ha conseguido también con Crispr. Se utiliza en la industria alimentaria porque permite mejorar la uniformidad, estabilidad y textura de diversos productos alimenticios.
Lo importante es que el agricultor pueda acceder a estas técnicas, algo de lo que está convencido Marcos Cabañas. «El sector productor agrario cada vez está más profesionalizado, desde pequeños agricultores organizados en potentes cooperativas o empresas muy establecidas que cuentan con muchos agricultores cultivando de cara a la exportación. El verdadero desafío comienza ahora: va a ser una oportunidad real para los científicos, obtentores, agricultores e industria».
Técnicas asequibles
Son técnicas además atractivas desde el punto de vista económico. «Son asequibles. Un programa de mejora de aplicación de Crispr en colaboración con un centro público se puede poner en marcha con cientos de miles de euros. Son presupuestos al alcance de pymes. Una variedad de maíz o de tomate por mejora convencional cuesta millones», asegura Villarroel. «Es una tecnología barata que la puedes poner relativamente rápido en el mercado y esto anima a las empresas más pequeñas de mejora a llevar a cabo estas innovaciones», dice Gonzaga Ruiz de Gauna.
Laboratorio del CRAG donde se estudia el papel de diferentes genes en la maduración del melón.
Todas las variedades vegetales conseguidas con NGT-1 se recopilarán en una base de datos pública europea. «El generador tendrá que notificar y hacer constar el gen que ha modificado en un registro público y si vende las semillas o plantas tendrá que advertir que es una variedad obtenida por edición genómica», explica Villarroel.
Además las NGT podrán patentarse. «Forman parte de una estrategia tecnológica y geopolítica mundial. Europa necesita generar derechos de propiedad industrial en este campo para no perder su soberanía alimentaria y dejar de depender de otros países. La propiedad industrial es fundamental para crear una barrera que proteja la inversión y el esfuerzo de las empresas frente a los competidores», opina Rafael López Moya, responsable de Transferencia Tecnológica en Pons IP. Es una garantía de seguridad. «Con la patente se protege todos los organismos que has obtenido con la aplicación de las técnicas de edición genómica», concreta.
Según la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) hoy día no existen cultivos que se hayan obtenido exclusivamente mediante NTG que estén autorizados para su venta como alimentos o piensos en la UE. No obstante, se están desarrollando variedades vegetales con estas técnicas por todo el mundo (también en laboratorios europeos aunque no se comercialicen) como constata una base de datos creada por la red europea de ciencias vegetales EU-SAGE: si en 2022 había 500 proyectos de edición genética registrados a nivel global, hoy la lista ya supera los mil, con el foco puesto en la técnica Crispr y en cultivos básicos como el arroz, el tomate, el maíz, la soja y el trigo. De hecho, un estudio de 2024 de la Universidad Aristóteles de Tesalónica (Grecia) reproduce una lista de 8 productos editados ya comercializados en el mundo, y otros 11 aprobados a la espera de lanzamiento.
España puede situarse en el pelotón de cabeza de estas innovaciones. «Tenemos todas las condiciones geográficas y climáticas para ser el gran hub de investigación en agricultura del mundo. Y esto es un valor añadido para conseguir la agricultura más innovadora y eficiente del planeta», anima Villarroel. Aunque faltan dos años para desarrollar los detalles del reglamento, Europa tiene las puertas abiertas a las nuevas técnicas genómicas de la innovadora agricultura del futuro.


































