Durante décadas, buena parte de la agricultura moderna concentró sus esfuerzos en aumentar los rendimientos, controlar las variables productivas y responder a una demanda mundial de alimentos que no ha dejado de crecer. El modelo permitió importantes avances, pero también dejó preguntas que hoy resultan cada vez más difíciles de postergar: ¿cuánto puede resistir un suelo sometido permanentemente a presión?, ¿cuánta agua requerirá un huerto en un escenario climático cada vez más incierto?, ¿y cuánto cuesta mantener la productividad cuando los insumos, la energía y la disponibilidad de recursos naturales adquieren cada vez mayor relevancia?

La discusión ya no pertenece exclusivamente al ámbito ambiental. En la agricultura y, particularmente, en la fruticultura, la salud del suelo comienza a ser abordada también como una variable productiva y económica.

La agricultura regenerativa aparece en este escenario como un enfoque que busca recuperar procesos biológicos del agroecosistema, poniendo especial atención en la salud del suelo, la biodiversidad, el ciclo del agua y el uso eficiente de los recursos.

No se trata simplemente de reemplazar un producto por otro. El cambio es bastante más profundo: supone observar el campo como un sistema en el que suelo, agua, microorganismos, raíces, plantas y manejo agronómico están relacionados.

El suelo vuelve al centro de la conversación

Durante mucho tiempo, el suelo fue tratado principalmente como el soporte físico sobre el cual crecen las plantas. Hoy esa mirada resulta insuficiente.

Bajo la superficie existe una comunidad biológica compleja, formada por bacterias, hongos y otros microorganismos que participan en procesos fundamentales para la disponibilidad de nutrientes, la estructura del suelo y los ciclos del agua y del carbono.

De ahí que uno de los conceptos que ha adquirido mayor relevancia dentro de la agricultura regenerativa sea el microbioma del suelo.

La idea es sencilla de explicar, aunque compleja de llevar a la práctica: un suelo biológicamente activo puede ofrecer condiciones distintas para el desarrollo de las raíces y para la relación entre la planta y los nutrientes disponibles. La regeneración, por lo tanto, no comienza necesariamente en la parte visible del cultivo, sino en aquello que ocurre bajo ella.

Este cambio de mirada también modifica la forma de entender la fertilidad. En lugar de considerar el suelo únicamente como un depósito de nutrientes que deben ser repuestos, la agricultura regenerativa pone atención en los procesos que permiten que esos nutrientes circulen, estén disponibles para las plantas y se mantenga una estructura favorable para el desarrollo radicular.

Una respuesta a la presión hídrica

Para la fruticultura chilena, la conversación sobre regeneración tiene además una dimensión particularmente concreta: el agua.

Los años de déficit hídrico han obligado a productores de distintas zonas del país a buscar nuevas formas de administrar un recurso que representa una de las variables críticas de cualquier proyecto agrícola.

La relación entre suelo y agua resulta clave. Una estructura de suelo adecuada, acompañada de actividad biológica y materia orgánica, puede favorecer la infiltración, retención y aprovechamiento del agua. Por ello, distintas prácticas asociadas a la agricultura regenerativa buscan mejorar las condiciones físicas y biológicas del suelo como parte de una estrategia más amplia de eficiencia hídrica.

Esto no significa que una determinada práctica pueda resolver por sí sola el problema de disponibilidad de agua. Las condiciones climáticas, el tipo de suelo, el cultivo, el sistema de riego y el manejo del predio siguen siendo determinantes.

Pero sí plantea una pregunta que comienza a adquirir mayor importancia entre los productores: cuánto puede mejorar la eficiencia del agua cuando el suelo recupera parte de su capacidad natural para almacenar, infiltrar y poner a disposición de las plantas este recurso.

De la sustentabilidad a la rentabilidad

Uno de los debates que acompañan a la agricultura regenerativa es precisamente su capacidad para producir resultados económicos.

Reducir la dependencia de determinados insumos, mejorar la eficiencia del agua, recuperar suelos y fortalecer la resiliencia de los cultivos pueden tener consecuencias sobre la estructura de costos de un predio. Sin embargo, esos resultados dependen del cultivo, las condiciones del suelo, el clima, las prácticas utilizadas y el período de transición.

Por esta razón, la conversación comienza a trasladarse desde las declaraciones generales hacia la medición de resultados.

La pregunta ya no es únicamente si una práctica agrícola es ambientalmente favorable. También importa conocer qué ocurre con el rendimiento, la calidad de la fruta, los costos, el consumo de agua, la fertilidad del suelo y la estabilidad productiva a través del tiempo.

Ese cambio es particularmente relevante para la fruticultura, donde una decisión de manejo puede tener efectos durante varias temporadas.

Terragénesis y el trabajo sobre el microbioma

Dentro de este movimiento también aparece la experiencia de Terragénesis, empresa chilena que ha desarrollado su trabajo alrededor de la producción biológica y la agricultura regenerativa.

La compañía fue fundada en 1995 y, según explica en su propia documentación, comenzó desarrollando tecnologías vinculadas a la microbiología y su relación con las plantas. En los últimos años, su trabajo se ha concentrado especialmente en la regeneración del microbioma del suelo y de las plantas.

Su CEO, Carlos Meza, tiene una trayectoria vinculada a la producción agrícola, la biotecnología y la producción orgánica. De acuerdo con el perfil profesional publicado por Terragénesis, Meza cuenta con estudios de agronomía en Chile y especialización en biotecnología en Japón, y durante la última década ha orientado buena parte de su trabajo al desarrollo de tecnologías relacionadas con agricultura regenerativa y microbioma.

La propuesta de Terragénesis parte de una premisa que Meza ha planteado en distintas instancias: antes de seguir incorporando soluciones externas al sistema productivo, es necesario recuperar y estimular los procesos biológicos propios del suelo.

En su metodología, la empresa pone especial énfasis en el uso de compuestos destinados a estimular microorganismos nativos, mejorar la disponibilidad de nutrientes y favorecer la actividad biológica del suelo. Terragénesis también relaciona este trabajo con una mayor capacidad de captura de carbono y con una reducción en el uso de determinados insumos agrícolas.

Una metodología que busca cambiar la lógica productiva

La propuesta de Terragénesis no se limita a incorporar un bioinsumo dentro de un programa agrícola convencional. Su planteamiento busca modificar la manera en que se interpreta el funcionamiento del campo.

En una entrevista publicada por la propia empresa, Carlos Meza ha planteado la discusión en términos de rentabilidad y regeneración, cuestionando la lógica de producir mediante una creciente incorporación de insumos y defendiendo una mayor atención a los procesos biológicos del suelo.

Entre los resultados difundidos por Terragénesis se encuentra una reducción inicial del uso de fertilizantes sintéticos y mejoras asociadas a la eficiencia hídrica. Estas cifras corresponden a resultados comunicados por la propia empresa y deben entenderse en función de las condiciones particulares de cada predio, cultivo y programa de manejo.

Ese punto resulta relevante para la discusión agrícola. La agricultura regenerativa no debería convertirse simplemente en una nueva etiqueta para sustituir a otras. Su verdadero desafío está en demostrar, mediante indicadores y seguimiento en terreno, que las prácticas implementadas producen mejoras verificables en el suelo, el uso de recursos, la productividad y la economía del cultivo.

Chile frente a una agricultura que necesita demostrar

La agricultura chilena está entrando progresivamente en esa etapa.

La regeneración de suelos, la eficiencia hídrica, la biodiversidad y la reducción de impactos ambientales forman parte de una conversación que también está llegando a las cadenas de suministro y a los mercados internacionales.

Para una industria exportadora como la frutícola, esto adquiere una dimensión adicional. Los compradores internacionales no solamente observan el aspecto final de la fruta; existe una creciente preocupación por conocer cómo fue producida, qué recursos fueron utilizados y bajo qué condiciones se desarrolló el proceso productivo.

Al mismo tiempo, organismos de investigación en Chile han comenzado a desarrollar proyectos destinados a estudiar prácticas regenerativas y medir sus efectos sobre variables como salud del suelo, biodiversidad, productividad, carbono, eficiencia de recursos y rentabilidad.

Esto representa un cambio significativo. La sustentabilidad comienza a dejar de ser únicamente una declaración asociada a la imagen de una empresa para transformarse en una variable que puede ser observada y medida.

El desafío de llevar la regeneración al campo

Uno de los principales desafíos de la agricultura regenerativa será precisamente su capacidad para adaptarse a distintas realidades productivas.

No existe una receta única para todos los campos. Un suelo arenoso no responde necesariamente de la misma manera que uno arcilloso; un huerto adulto presenta desafíos diferentes a una plantación nueva y las condiciones climáticas de un valle pueden ser completamente distintas a las de otro.

Por eso, más que hablar de un modelo cerrado, la agricultura regenerativa puede entenderse como un conjunto de principios y prácticas que deben adaptarse a las condiciones de cada sistema productivo.

La observación del suelo, el análisis de sus características, el seguimiento de las raíces, el comportamiento del agua y la respuesta de las plantas adquieren entonces un papel central.

La tecnología y la biotecnología también forman parte de este proceso, pero su utilidad dependerá de la capacidad de integrarse con el conocimiento agronómico y con la realidad cotidiana de los productores.

El próximo desafío: demostrar que regenerar también es producir mejor

La agricultura regenerativa todavía enfrenta preguntas importantes. No todos los cultivos responden de la misma manera a una determinada práctica, los períodos de transición pueden variar considerablemente y los resultados económicos requieren seguimiento.

Pero el escenario que enfrenta la agricultura obliga a mirar estas preguntas con mayor atención.

Chile necesita producir fruta en condiciones de menor disponibilidad hídrica, responder a mercados más exigentes y mantener la competitividad de una industria que depende de su capacidad para producir de manera consistente y con calidad.

En ese contexto, recuperar la salud del suelo deja de ser solamente una preocupación ambiental.

Puede convertirse en una estrategia productiva.

La experiencia de Terragénesis y el trabajo desarrollado por Carlos Meza forman parte de esta conversación, especialmente desde la perspectiva del microbioma, la biotecnología y la recuperación de los procesos biológicos del suelo.

Al mismo tiempo, el avance de proyectos de investigación y las experiencias que se están desarrollando en distintos sistemas agrícolas muestran que el debate comienza a avanzar hacia una agricultura donde las decisiones puedan ser evaluadas no solamente por cuánto producen, sino también por la capacidad del sistema para mantenerse productivo en el tiempo.

El verdadero cambio de paradigma quizás no consiste en abandonar todo lo que se ha hecho hasta ahora, sino en comenzar a entender el campo de otra manera: no como una fábrica donde cada problema se resuelve agregando un nuevo insumo, sino como un sistema vivo cuya productividad depende también de la salud de aquello que no siempre podemos ver.

Y en la fruticultura del futuro, esa diferencia puede terminar siendo decisiva.

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Equipo Prensa
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