En medio de la crisis hídrica provocada por el cambio climático que afecta a la zona central de Chile, una investigación doctoral propone una alternativa concreta para sostener la producción agrícola, usando menos agua y reduciendo la dependencia de fertilizantes sintéticos. El estudio, realizado por el candidato a doctor, Celso Mondlhane, en el marco de su Doctorado en Ciencias Agroalimentarias de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV) y tesista en Centro Ceres, evaluó cómo la combinación de diversas especies vegetales con microorganismos beneficiosos del suelo puede aumentar la tolerancia de los cultivos a la sequía.
La investigación trabajó con maíz, zapallo y poroto, triada popularmente conocida como Milpa, una práctica ancestral, que consiste en cultivar simultáneamente un cereal, una leguminosa y una cucurbitácea. Su propuesta busca medir si los rendimientos del cultivo mejoran o se mantienen bajo condiciones de estrés hídrico. Para eso, la selección de las especies vegetales fue crucial. De manera preliminar, esta combinación mostró resultados positivos frente a condiciones de estrés hídrico, demostrando que es posible utilizar practicas ancestrales y nuevas tecnologías para producir incluso en condiciones adversas.
“Lo que mi investigación está evaluando es cómo la Milpa, una práctica milenaria, junto con el uso de microorganismos del suelo, como micorrizas, bacterias y levaduras, pueden mejorar el suelo y por lo tanto el rendimiento del cultivo en condiciones de escasez hídrica”, explica el candidato a doctor Celso Mondlhane.
Tal como explica el investigador, el estudio no se limitó a observar el comportamiento de los cultivos en conjunto, también analizó el rol de los microorganismos del suelo, entre ellos, hongos micorrícicos y bacterias promotoras del crecimiento vegetal. “Las micorrizas se asocian a las raíces y extienden una red de hifas que actúa como una prolongación del sistema radicular, permitiendo que la planta acceda a agua y nutrientes en espacios del suelo que normalmente no podría alcanzar”. Además, ayudan a solubilizar fósforo, facilitando su absorción, señala en investigador.
Las bacterias y levaduras, en tanto, realizan un intercambio con la planta. Mientras éstas liberan compuestos orgánicos que alimentan a estos microorganismos, a cambio reciben nutrientes esenciales como nitrógeno, fósforo y potasio. En el caso del poroto, su papel es clave en la fijación de nitrógeno. “En la Milpa, el poroto tiene una función espectacular: toma el nitrógeno del aire que no está disponible para las plantas, y lo transforma para que los demás cultivos puedan aprovecharlo”, explica Mondlhane.
El impacto potencial de estas prácticas agrícolas va más allá del rendimiento. Según el investigador, esta estrategia puede reducir la necesidad de fertilizantes sintéticos, cuyo costo ha aumentado de forma sostenida. “La Milpa y el uso de microorganismos beneficiosos del suelo contribuyen a que los agricultores no dependan de los fertilizantes sintéticos. Por otro lado, gracias a estos microorganismos los cultivos son más tolerantes al estrés hídrico. Estas estrategias nos permiten ahorrar en la compra de fertilizantes y ser más eficientes en el uso del agua”, afirma.
La investigación entrega evidencia de que es posible mantener la productividad agrícola mediante la unión de prácticas ancestrales con las nuevas tecnologías. En un contexto de cambio climático y escasez hídrica creciente, los resultados abren una línea de trabajo concreta para pequeños y medianos productores que enfrentan restricciones de agua y altos costos de insumos.


































