Luis Baertl, presidente de la Junta de Vigilancia del Río Maipo

Abrimos la llave y llenamos un vaso o regamos el jardín. El agua aparece, y cuando algo aparece todos los días, tendemos a creer que siempre ha estado ahí y que siempre lo estará. Quizás esto explica los preocupantes resultados arrojados por un reciente estudio de ACADES y Criteria que muestra que el 47% de los chilenos cree que en el país todavía hay agua en abundancia.

Este resultado no deja de sorprender, porque contrasta con una realidad conocida por quienes trabajan en la gestión hídrica, porque a diferencia de la percepción general, la última década fue la más seca desde que existen registros en Chile, con un déficit promedio de precipitaciones de 21,5% entre 2016 y 2025. No se trata de un ciclo pasajero, sino de una megasequía estructural que ha transformado el comportamiento del clima y la disponibilidad de agua en gran parte del territorio.

Pero esta percepción ciudadana no siempre ha sido así. Hace sólo algunos años, las encuestas mostraban un país mucho más consciente del problema. En 2021, por ejemplo, más del 75% de las personas manifestaba temor por los efectos de la escasez hídrica, y en 2023 un 80% creía que Chile enfrentaría racionamientos de agua en el futuro cercano. En cambio hoy, casi la mitad de los chilenos considera que todavía hay agua abundante.

Una de las explicaciones para esta aparente contradicción es que en las ciudades el agua sigue llegando todos los días, pero eso no ocurre porque sobre, sino porque existe un trabajo silencioso y poco visible para que así sea. En cuencas como la del río Maipo, que abastece a casi 8 millones de personas en la Región Metropolitana, la seguridad del suministro urbano ha dependido en los últimos años de una coordinación constante entre sanitarias, agricultores y organizaciones de usuarios de agua. En períodos de escasez, esa coordinación se traduce en acuerdos concretos que permiten priorizar el consumo humano, donde los agricultores han cedido parte de sus derechos de agua. La consecuencia de aquello es que miles de hectáreas de cultivos han dejado de regarse, ajustando sus producciones, modificando el tipo de cultivo o derechamente reduciéndolos para que el abastecimiento urbano pueda mantenerse sin interrupciones.

Es decir, la sensación de normalidad que existe en muchas ciudades no es sinónimo de abundancia, sino el resultado de decisiones difíciles, de planificación y de un esfuerzo compartido que ocurre lejos de la vida cotidiana de la mayoría de las personas. Basta sólo recordar que a comienzos de este año, Naciones Unidas advirtió que el mundo enfrenta una “quiebra hídrica global”, marcada por el aumento de sequías, la presión sobre los acuíferos y la creciente demanda de agua en un planeta más cálido.

La cifra del 47% debiera invitarnos a reflexionar. Chile enfrenta un desafío en materia de infraestructura, adaptación o gestión de cuencas, pero también tenemos un enorme desafío de educación y conciencia para que cuidar el agua no comienza cuando deja de salir de la llave.

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