La reciente modificación al reglamento de la Ley 18.455 que reconoce oficialmente la categoría de vinos de baja graduación alcohólica ha abierto un nuevo capítulo para la industria vitivinícola nacional. Mientras algunos ven una oportunidad para conquistar nuevos consumidores y mercados, otros llaman a proteger el perfil que ha dado prestigio internacional a los vinos chilenos. Más que una disputa, el debate refleja cómo el sector busca adaptarse a los cambios de consumo sin renunciar a su esencia.
La incorporación de la categoría de vinos entre 8,5 y 11,5 grados alcohólicos responde a una realidad que la industria viene observando desde hace varios años. En numerosos mercados internacionales, especialmente entre consumidores jóvenes, crece el interés por bebidas más ligeras y compatibles con estilos de vida orientados al bienestar y al consumo moderado.
Para María Ignacia Eyzaguirre, directora ejecutiva de Viña Encierra y presidenta de la Asociación de Viñas de Colchagua, este escenario representa una oportunidad relevante para el desarrollo futuro del sector. “La creciente demanda por vinos de menor graduación alcohólica representa una oportunidad interesante para la industria vitivinícola chilena y muy especialmente para las viñas del Valle de Colchagua”, señala.
Y agrega: “Nos permite diversificar nuestra oferta, desarrollar nuevas líneas de vinos y acceder a segmentos de consumidores que hoy buscan alternativas más ligeras. Además, nos acerca a personas que desean moderar su consumo de alcohol sin renunciar al placer de disfrutar una copa de vino, y nos abre una puerta para conectar con las nuevas generaciones y acercarlas al mundo vitivinícola”.
Una transformación que genera debate
Sin embargo, no todos observan la tendencia desde la misma perspectiva. Mario Sebastián Ravanal, gerente de Viña Ravanal, reconoce que existe una demanda creciente por vinos de menor graduación alcohólica, especialmente en mercados de exportación, pero advierte que aún resulta prematuro considerarla como un cambio definitivo en las preferencias de los consumidores.
“La demanda existe y no la voy a negar. La industria chilena atraviesa un proceso de ajuste por la disminución del consumo y por el avance de otras categorías de bebidas con menor graduación alcohólica. Sin embargo, una cosa es reconocer una tendencia y otra distinta es asumir que todos los consumidores quieren vinos livianos. Los datos muestran que los vinos tradicionales siguen teniendo espacio, especialmente en segmentos premium y boutique. En nuestro caso, seguiremos elaborando vinos con graduación convencional y enfocándonos en encontrar a quienes valoran ese estilo”, dice el ejecutivo.
Para Ravanal, la creación de esta nueva categoría no debe interpretarse como una sustitución del vino tradicional, sino como una ampliación de la oferta disponible para distintos perfiles de consumidores. “Si vender hoy es un desafío, lo aceptamos: buscaremos a los clientes que quieren un vino de graduación convencional y no sacrificaremos el producto”, afirma el gerente general de Viña Ravanal.
Desafío sin perder calidad
La elaboración de vinos con menos alcohol implica una de las discusiones técnicas más relevantes que enfrenta actualmente la industria. El alcohol no solo aporta graduación, también influye en la estructura, el cuerpo, el equilibrio y la percepción aromática del vino. Por ello, la forma en que se reduce resulta determinante para preservar la calidad final.
Según María Ignacia Eyzaguirre, existen mecanismos naturales que permiten lograr reducciones moderadas sin afectar significativamente la identidad del producto. Entre ellos destacan la cosecha anticipada de las uvas, cuando aún presentan menores niveles de azúcar, y la utilización de determinadas levaduras capaces de producir menos alcohol durante la fermentación. Estas prácticas actúan sobre el origen mismo del alcohol y permiten mantener la expresión varietal y el carácter del terroir.
“Si hablamos de reducciones moderadas, por ejemplo, pasar de 14,5% a 13,5% de alcohol, es perfectamente posible mantener la calidad, el equilibrio y la identidad del vino. Incluso en algunos casos se puede ganar frescura y mejorar la bebestibilidad. El desafío está en lograrlo de manera natural, porque el consumidor que busca productos más saludables también valora la autenticidad y el origen”, señala la presidenta de la Asociación de Viñas de Colchagua
Por su parte, Mario Sebastián Ravanal coincide en que los métodos aplicados en el viñedo son los más respetuosos con el vino, aunque advierte que las reducciones más importantes suelen requerir procesos tecnológicos que pueden alterar las características originales del producto. “El alcohol cumple una función estructural fundamental. Da volumen, sostiene aromas y ayuda al equilibrio. Cuando se elimina después de la fermentación mediante tecnologías como la ósmosis inversa o la destilación al vacío, pueden perderse compuestos aromáticos importantes. Hacerlo bien exige tecnología e inversión”.
¿Puede cambiar la identidad del vino chileno?
Quizás la discusión más profunda tiene relación con la identidad histórica de los vinos nacionales. Chile se ha consolidado internacionalmente gracias a variedades como Carmenere, Cabernet Sauvignon y Syrah provenientes de valles que producen vinos de gran estructura, concentración y madurez. En este sentido, Ravanal considera que ese patrimonio debe ser protegido.
“Chile se ganó un lugar en el mundo con vinos de fuerte personalidad, elaborados en valles donde la fruta alcanza una madurez plena. Esa concentración y esa graduación natural forman parte de nuestra identidad. Mi preocupación no es que existan vinos de nueve o diez grados. Lo que me preocupa es que se diluya la diferenciación y que el consumidor deje de distinguir claramente entre un vino tradicional y uno adaptado a una determinada tendencia de mercado”, afirma.
Eyzaguirre, en cambio, plantea que ambas categorías pueden convivir y complementarse. “La gran fortaleza de Chile está precisamente en su diversidad. Tenemos la capacidad de producir vinos de distintos estilos sin perder autenticidad. Si comunicamos bien nuestras ventajas y mantenemos el foco en la calidad, podemos transformarnos en un referente internacional tanto para vinos tradicionales como para vinos de menor graduación alcohólica”, cuenta.
En cualquier escenario, la industria chilena se encuentra frente a una oportunidad de evolución. El desafío será responder a las nuevas demandas de los consumidores, adaptarse a las condiciones climáticas emergentes y aprovechar las oportunidades comerciales que ofrecen los mercados internacionales, sin perder de vista aquello que ha convertido al vino chileno en uno de los embajadores más reconocidos del país.






































