• Con entre un 80% y 90% de probabilidades de que el fenómeno se active antes de que termine el otoño, la fruticultura, la viticultura y los cereales enfrentan un escenario de riesgo real que los productores deben anticipar hoy, no en noviembre.

Por Redacción Portal Agro Chile

Santiago, 6 de mayo de 2026.

El «Niño Godzilla» suena a catástrofe cinematográfica, y esa imagen — útil para los titulares — tiende a generar más parálisis que preparación. El agroclimatólogo Patricio González Colville, del Centro de Investigación y Transferencia en Riego y Agroclimatología de la Universidad de Talca (CITRA), lo advierte con precisión: la denominación «tiende a crear en la población una sensación de temor y desastre», pero la escala científica del fenómeno se mide en grados de temperatura superficial del mar, no en películas de monstruos.

Lo que sí es concreto, verificable y urgente para el sector agrícola chileno es esto: González Colville proyecta entre un 80% y 90% de probabilidad de que este evento comience a fines de otoño, evolucione de «fuerte» a «extraordinario» y se extienda incluso hasta el verano 2026-2027. Y la NOAA ya confirmó la llegada inminente del fenómeno, con pronósticos que sugieren un impacto significativo en el clima nacional, especialmente en la zona central y sur del país.

Para el agro chileno, eso no es un escenario hipotético. Es la agenda de los próximos seis a ocho meses.

¿Qué es exactamente lo que viene?

El Niño Godzilla se produce por un calentamiento extremo del océano Pacífico ecuatorial y podría provocar lluvias más intensas en invierno y primavera, además de un aumento en las temperaturas, posibles inundaciones, aluviones y menor presencia de heladas, con efectos tanto positivos como negativos en distintos sectores, especialmente en la agricultura. 

De concretarse las proyecciones, se podrían registrar importantes precipitaciones de 40, 50 y hasta 90 milímetros en 24 horas, generando posibles inundaciones, salidas de cauces de ríos y movimientos en masa en la precordillera o cordillera, normalmente asociadas a lluvias cálidas con isotermas altas.

El antecedente más reciente con el que comparar es el Niño de 2015, el más intenso registrado hasta hoy. En esa oportunidad, en Santiago solamente llovieron 220 milímetros. El cambio climático ha hecho que las lluvias sean más intensas en corto plazo, lo que hace muy interesante y a la vez incierto lo que puede ocurrir con este eventual evento en 2026. 

La cereza en el ojo del huracán

El cultivo que concentra la mayor preocupación técnica es la cereza. Y no es casual: es el producto de mayor valor exportador del agro chileno, con mercados de destino que no admiten fruta dañada, y es también uno de los más sensibles a las precipitaciones fuera de temporada.

El principal riesgo para la industria frutícola sería la ocurrencia de lluvias tardías, particularmente en noviembre y diciembre, un escenario que ya se observó durante la temporada 2023-2024. Este tipo de precipitaciones fuera de temporada puede tener efectos directos sobre la calidad de la fruta. 

Precipitaciones extemporáneas, en octubre y noviembre, pueden generar partiduras en frutos como la cereza, y también enfermedades fungosas en frutas y vides, al asociarse el calor con la humedad. 

Para una industria que ya arrastra dos temporadas difíciles con retornos deprimidos y que está en pleno proceso de ajuste de superficie plantada, una temporada afectada por lluvias de primavera no es solo un problema agronómico. Es un golpe financiero sobre una base ya debilitada.

Ante la posibilidad del fenómeno, los expertos recomiendan a los productores de cereza que han tenido problemas en el pasado comenzar a evaluar medidas preventivas, especialmente en cultivos más sensibles a la lluvia en periodos cercanos a la cosecha. 

Viñas y vides: el riesgo fúngico como variable crítica

La vitivinicultura enfrenta un riesgo de perfil diferente pero igualmente concreto. Las lluvias primaverales asociadas al Niño, combinadas con temperaturas más altas de lo normal, crean las condiciones ideales para el desarrollo de hongos como Botrytis cinerea, oídio y mildiu, que pueden comprometer severamente la calidad del vino en la uva de mesa y en la producción de espumantes de alta gama.

Los valles de Colchagua, Maule y Biobío, que concentran gran parte de la producción vitícola exportadora, se ubican precisamente en las zonas donde el fenómeno proyecta su mayor intensidad. Los enólogos y agrónomos de las viñas que no tengan protocolos fungicidas ajustados a un año Niño llegan tarde si esperan a que llueva para diseñarlos.

El agua que recarga y el agua que destruye

El fenómeno tiene una cara que el agro ha necesitado durante años: la recarga hídrica. El Niño podría favorecer la recarga de embalses, nieve en la cordillera y napas subterráneas, algo clave tras años de megasequía. 

Cuando la isoterma está más alta, hay más agua líquida escurriendo hacia los ríos, lo que puede aumentar los caudales e incluso afectar infraestructura rural o agrícola. Es decir, el mismo fenómeno que recarga los embalses puede también desbordar los ríos que riegan los huertos. La diferencia entre beneficio y desastre la determina la infraestructura hídrica disponible y la velocidad con que caen las precipitaciones.

Para zonas que llevan más de una década con déficit hídrico severo, como el Norte Chico y la Región de O’Higgins, el agua que viene puede ser tanto un alivio como una amenaza, dependiendo de si los canales de riego, las defensas fluviales y los sistemas de drenaje están en condiciones de manejar caudales que no han circulado por esos cauces en años.

El impacto en costos y cadena de suministro

El riesgo del Niño no termina en el campo. América Latina enfrentaría impactos desiguales si se materializa un El Niño fuerte en la segunda mitad de 2026, con riesgos inflacionarios y de menor crecimiento económico, mayores costos logísticos asociados a posibles dificultades de tránsito y una menor producción de alimentos. 

Para Chile, que importa el 50% de sus cereales y una parte significativa de sus insumos agrícolas, una perturbación en las cadenas logísticas regionales en plena temporada de siembra o cosecha tiene un impacto directo en los costos de producción. Si a eso se suma el alza en fertilizantes que ya opera desde comienzos de 2026 por el conflicto en Oriente Medio, el escenario para los productores de menores márgenes es especialmente estrecho.

Lo que los productores pueden hacer hoy

La ventana de preparación existe, pero es corta. Los expertos coinciden en que es necesario fortalecer sistemas de alerta temprana y prepararse para posibles riesgos antes de que el fenómeno se active. Para el sector agrícola, eso se traduce en acciones concretas que pueden iniciarse ahora:

Revisar el estado de canales de riego, drenes y defensas perimetrales en huertos de zonas bajas o cercanas a cauces. Ajustar los calendarios de aplicación de fungicidas en vides y frutales considerando un escenario de alta humedad primaveral. Evaluar coberturas de seguros agrícolas antes de que el fenómeno sea oficial, ya que las primas suben y la cobertura se restringe una vez que el riesgo está declarado. Y para los productores de cereza, revisar protocolos de cosecha anticipada como opción de contingencia en bloques de alta sensibilidad a la partidura.

Todavía es temprano para afirmar con certeza si tendremos un año de El Niño. Es necesario esperar hasta mayo o junio, cuando se proyecta tener un panorama más claro y mayor certeza sobre la intensidad del fenómeno. Pero en el agro, como en la meteorología, esperar la certeza para actuar suele ser la forma más cara de gestionar la incertidumbre.

El Agro chileno lleva años adaptándose a la sequía. Ahora debe prepararse para el exceso. Y la diferencia entre los que salen adelante y los que no, en un año Niño, no la determina la intensidad del fenómeno. La determina la anticipación.

Fuentes: La Tercera, Diario Financiero, Portal Frutícola, CITRA — Universidad de Talca, CNN Chile, Bloomberg Línea, BioBioChile, OMM — Organización Meteorológica Mundial, NOAA, FAO.

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Equipo Prensa
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