De la economía del carbono a la economía de la salud

Durante los últimos veinte años hemos asistido a una de las mayores transformaciones económicas de la historia moderna.

Lo que comenzó como una preocupación ambiental acabó convirtiéndose en un nuevo lenguaje financiero global. Los conceptos de sostenibilidad, emisiones, huella de carbono, ESG, bonos verdes, taxonomías y mercados de carbono han pasado de ocupar espacios marginales en las organizaciones a formar parte de las decisiones estratégicas de gobiernos, fondos de inversión y consejos de administración de todo el mundo.

La humanidad consiguió algo extraordinario. Por primera vez fue capaz de convertir algo invisible en un activo económico. A modo de ejemplo, el carbono dejó de ser únicamente una molécula presente en la atmósfera para transformarse en una unidad medible, certificable, auditable, financiable y negociable. Los mercados aprendieron a valorarlo. Las empresas aprendieron a gestionarlo. Los inversores aprendieron a financiarlo. Y el sistema financiero creó una arquitectura global para impulsarlo. Por ejemplo el metano, por su dificultad de medición, siendo más nocivo aun, no ha podido obtener un estándar que le permita evolucionar hacia un modelo similar al carbono.

Sin embargo, quizás haya llegado el momento de formular una pregunta incómoda.

¿Y si hubiéramos confundido el indicador con el objetivo?

Porque el carbono nunca fue el objetivo. El objetivo siempre fue la vida.

La reducción de emisiones, la captura de carbono o la neutralidad climática eran herramientas destinadas a proteger los sistemas biológicos que sostienen nuestra existencia.

Sin embargo, con el paso del tiempo, gran parte de la conversación terminó girando alrededor del carbono como si fuera el destino final. Comenzamos a medir carbono. Comenzamos a financiar carbono. Comenzamos a comerciar carbono. Pero dejamos de preguntarnos cuál era la verdadera finalidad de todo ello.

La salud. La salud de los ecosistemas de los suelos, de los alimentos, de las personas y de la sociedad.

Quizás el gran debate de las próximas décadas no sea cómo capturar más carbono,( ya que no es un Objetivo común superior ya que es una consecuencia y no una razón)

Quizás sea cómo generar más salud.

El descubrimiento que está cambiando nuestra forma de entender la vida

Durante décadas hemos analizado los grandes desafíos de la humanidad como problemas independientes. Por un lado, el cambio climático, por otro, la degradación de los suelos, la pérdida de biodiversidad, la salud humana, la productividad agrícola…

Pero la ciencia está comenzando a mostrar una realidad diferente. Todos ellos forman parte de un mismo sistema, todo está conectado.

La investigación sobre microbiología está revelando algo que transforma profundamente nuestra comprensión de la vida: los seres vivos no funcionan de forma aislada. Funcionan como ecosistemas.

El microbioma intestinal participa activamente en procesos inmunológicos, metabólicos e incluso neurológicos.

El microbioma vegetal influye en la resiliencia, el equilibrio fisiológico y la adaptación de los cultivos.

El microbioma del suelo regula gran parte de los procesos que sostienen la fertilidad, la biodiversidad, el ciclo del agua y la captura de carbono.

Lo que hasta hace pocos años parecían sistemas independientes comienza a revelarse como una única red biológica interconectada.

La salud deja de ser una propiedad individual.

La salud pasa a ser una propiedad sistémica.

Y esta conclusión tiene implicaciones extraordinarias para el futuro de la agricultura.

El suelo: el origen olvidado de la salud

Toda cadena alimentaria comienza en un suelo.

Sin embargo, durante décadas hemos considerado el suelo principalmente como un soporte físico destinado a producir cultivos.

Hoy sabemos que representa mucho más.

El suelo es uno de los mayores reservorios microbiológicos del planeta.

Es una de las mayores infraestructuras biológicas existentes.

Es uno de los mayores almacenes naturales de carbono estable.

Y es el punto de partida de toda la cadena de salud que conecta la naturaleza con la sociedad.

Cuando un suelo pierde equilibrio biológico, todo el sistema pierde equilibrio.

Cuando un suelo recupera salud, todo el sistema recupera salud.

Por ello, la pregunta estratégica para la agricultura del futuro ya no debería limitarse a cuántas toneladas produce una hectárea.

La verdadera pregunta es:

¿Cuánta salud es capaz de generar esa hectárea?

La diferencia entre alimentar y generar salud

Uno de los mayores desafíos del sistema alimentario actual consiste en diferenciar entre producir alimentos y generar salud.

Durante décadas hemos aprendido a medir aspectos fundamentales como el rendimiento, la apariencia, la conservación, el contenido en azúcares, la textura o la seguridad alimentaria.

Sin embargo, apenas hemos comenzado a medir algo mucho más importante: la capacidad funcional real de los alimentos para contribuir positivamente a la salud humana.

Dos productos visualmente idénticos pueden presentar perfiles biológicos completamente diferentes. La genética potencial de una planta no garantiza por sí misma la expresión de todos los compuestos beneficiosos que contiene. La verdadera cuestión es si el sistema de producción ha permitido que esa capacidad biológica se exprese plenamente.

La salud potencial no siempre se convierte en salud real.

Una variedad agrícola puede contener mecanismos genéticos capaces de producir antioxidantes, compuestos fenólicos, metabolitos funcionales y moléculas bioactivas de enorme valor para la salud humana. Sin embargo, bajo determinadas condiciones productivas, gran parte de ese potencial permanece infrautilizado o incluso inactivo.

La agricultura del futuro deberá avanzar hacia la capacidad de medir no solamente cuánto produce una planta, sino qué calidad biológica es capaz de expresar. No bastará con producir alimentos seguros, atractivos, sostenibles, la siguiente frontera consistirá en producir alimentos capaces de demostrar científicamente su contribución a la salud humana.

Porque la verdadera riqueza de un alimento no siempre está en lo que vemos. Muchas veces está en aquello que sucede en su interior.

La agricultura como generadora de salud

Tradicionalmente hemos entendido la agricultura como una actividad destinada a producir alimentos, pero esta definición es insuficiente. La agricultura produce algo mucho más importante. Produce salud.

Un suelo equilibrado favorece microbiomas saludables. Los microbiomas saludables favorecen cultivos menos estresados. Los cultivos menos estresados expresan mejor su potencial biológico. Los alimentos obtenidos presentan una mayor riqueza funcional. Y esos alimentos influyen directamente sobre la salud de las personas.

Existe una cadena continua de salud que conecta el suelo con la sociedad.

Suelo / Microbioma / Planta / Alimento / Consumidor / Sociedad.

Desde esta perspectiva, el agricultor deja de ser únicamente un productor de alimentos. Se convierte en uno de los principales generadores de salud preventiva de nuestra economía. Probablemente uno de los más importantes.

La alianza pendiente entre la humanidad y la naturaleza

Quizás la mayor paradoja de nuestra época sea que estamos intentando resolver problemas generados por el desequilibrio de los sistemas naturales sin preguntar a la propia naturaleza cómo mantiene su equilibrio.

Durante décadas hemos abordado los desafíos ambientales, agrícolas y sanitarios desde una lógica basada en el control, la corrección y la intervención. Sin embargo, la naturaleza lleva miles de millones de años resolviendo problemas mucho más complejos que los nuestros.

Los microorganismos regulaban los ciclos del carbono, del agua y de los nutrientes mucho antes de que existieran los mercados financieros. Los ecosistemas ya capturaban carbono, generaban biodiversidad y mantenían el equilibrio biológico mucho antes de que aparecieran las regulaciones climáticas.

La verdadera innovación del siglo XXI no consiste únicamente en desarrollar nuevas tecnologías. Consiste en comprender cómo funcionan los sistemas naturales y poner nuestras capacidades científicas, empresariales, tecnológicas y financieras al servicio de esos procesos.

No se trata de sustituir a la naturaleza, no se trata de competir con ella, se trata de convertirnos en sus aliados.

La microbiología representa probablemente una de las mayores infraestructuras biológicas del planeta.

Nuestra responsabilidad no consiste en reemplazar esa inteligencia. Consiste en ayudarla.

Las herramientas del siglo XXI —la ciencia, la inteligencia artificial, la trazabilidad, la biotecnología, la certificación y el sistema financiero global— deberían orientarse hacia un mismo objetivo: potenciar la capacidad natural de los sistemas vivos para generar salud.

La gran oportunidad de nuestra generación no es construir una economía que luche contra la naturaleza, es construir una economía alineada con ella.

El nacimiento de un nuevo activo financiero

Y aquí aparece la verdadera oportunidad estratégica.

La historia económica demuestra que aquello que una sociedad considera valioso termina siendo medido. Aquello que se mide termina siendo certificado. Aquello que se certifica termina siendo financiado. Y aquello que se financia termina creciendo.

La arquitectura ya existe. Disponemos de sistemas de medición, auditorías, certificaciones, trazabilidad, mecanismos financieros capaces de movilizar billones de dólares.

Lo único que falta es evolucionar el objeto de medición. Pasar de medir únicamente impactos negativos a medir también impactos positivos. Pasar de medir emisiones a medir generación de salud. Pasar de compensar daños a recompensar beneficios.

La siguiente evolución de la sostenibilidad consistirá en reconocer la salud como un activo económico. Un activo capaz de generar valor financiero, social, ambiental y humano de forma simultánea.

Una organización puede ser neutra en carbono y seguir generando enfermedad. Puede ser neutra en carbono y seguir degradando ecosistemas. Puede ser neutra en carbono y seguir produciendo alimentos de bajo valor biológico.

Pero una organización que genera salud produce simultáneamente beneficios ambientales, sociales y económicos.

Por ello, la salud representa una métrica mucho más completa que cualquier indicador aislado y la podemos considerar como el Objetivo común superior que nos une.

De “quien contamina paga” a “quien genera salud prospera”

La economía actual se ha construido, en gran medida, sobre mecanismos correctores.

Impuestos, compensaciones, restricciones, mercados regulatorios. Todos ellos buscan reducir impactos negativos y han sido necesarios.

Pero la siguiente etapa puede ser mucho más ambiciosa. No se trata únicamente de penalizar a quien contamina. Se trata de incentivar a quien genera bienestar. A quien regenera suelos. A quien fortalece ecosistemas. A quien mejora la calidad biológica y nutricional de los alimentos. A quien contribuye a reducir las causas profundas de la enfermedad. A quien fortalece los sistemas biológicos que sostienen la vida.

La sociedad del futuro no debería limitarse a gestionar las consecuencias de la enfermedad. Debería premiar activamente la generación de salud.

La descarbonización: una consecuencia, no un destino

Quizás una de las mayores enseñanzas que nos ofrece la naturaleza sea precisamente esta. Los sistemas saludables capturan carbono, retienen agua, aumentan la biodiversidad, son más resilientes, generan vida.

Sin embargo, durante los últimos años hemos situado la descarbonización en el centro del debate global, como si fuera el objetivo último de la sostenibilidad.

Necesitamos perseguir la salud.

Cuando la salud aumenta, el carbono encuentra naturalmente su lugar dentro del sistema. La descarbonización no debe entenderse como el destino final.

Debe entenderse como uno de los múltiples efectos positivos que aparecen cuando los sistemas biológicos recuperan su equilibrio. El carbono fue el primer indicador. La salud es el indicador definitivo.

Una nueva visión para la agricultura, la inversión y la sociedad

La agricultura se encuentra ante una oportunidad histórica. No solamente puede producir alimentos. No solamente puede contribuir a la sostenibilidad. Ha de convertirse en uno de los mayores motores de generación de salud para la humanidad, para combatir gracias a su capacidad epigenetica, entre otras, la gran plaga que comienza a estar presente entre nosotros, que son virus, bacterias y cianobacterias que ya son una amenaza real para la población y que no existe el concepto de “pastilla/inyección”.

Si la salud es capaz de medirse, verificarse, certificarse y financiarse, estaremos asistiendo al nacimiento de una nueva categoría económica. Un nuevo activo financiero. Probablemente el más importante de todos, aquel que nos une y que nos permitirá enfocar el poder de financiación para trabajar en conjunto frente a las amenazas actuales de la sociedad.

La siguiente etapa ha de consistir en reconocer, medir y financiar aquello que verdaderamente da sentido; La salud, La salud del suelo, de los ecosistemas, de los alimentos, de las personas y del planeta.

Y la pregunta es sencilla, ¿es la salud el elemento común superior? ¿tenemos un aliado que trabajo con ese fin?

¿La alianza con la naturaleza y nuestra aportación tecnológica a este bien común, puede ser nuestro propósito como sociedad?

Antonio Galera 
Ceo de One Circularity y Socio estrategico con Terragénesis España para Agricultura Regenerativa

 

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