Hablar de sostenibilidad sin hacerse cargo del propio impacto ambiental es, a estas alturas, una contradicción inaceptable. Durante años, el concepto fue tratado en el mundo corporativo como un accesorio cosmético o un simple «extra deseable»; sin embargo, hoy nos enfrentamos a un escenario global donde la sustentabilidad ya no es una agenda verde aislada, sino la principal estrategia de construcción de confianza económica, legitimidad y acceso a los mercados internacionales. En un entorno cruzado por la incertidumbre y la desconfianza social, las empresas tienen la exigencia histórica de liderar con el ejemplo y ofrecer soluciones reales ante la presión climática, resguardando la seguridad alimentaria de cara al futuro. 

La agroindustria chilena lo entendió tempranamente y de manera colectiva. No operamos bajo declaraciones bien intencionadas o compromisos de buena voluntad, sino bajo resultados concretos acumulados tras más de una década de trabajo asociativo sistemático, canalizado a través de los Acuerdos de Producción Limpia (APL) impulsados por nuestro gremio.

Frente a una megasequía que ya supera los 15 años y la evidente degradación de los suelos en nuestro territorio, las empresas socias de Chilealimentos han demostrado una capacidad de adaptación respaldada por indicadores auditables: una disminución del 57% en el volumen de agua extraída por tonelada producida, un descenso del 58% en el consumo total de energía y la reducción del 51% de nuestras emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) expresadas en CO2 equivalente. A esto se suma el pilar de la economía circular, donde el 91% de los residuos orgánicos industriales hoy se valorizan y reincorporan de forma virtuosa, evitando que su destino final sean los rellenos sanitarios. 

Esta transformación no responde únicamente a un imperativo ético; también ha demostrado ser muy rentable. A nivel de toda la agroindustria hortofrutícola nacional, estos esfuerzos de ecoeficiencia se traducen en ahorros acumulados que superan los US$ 73 millones en agua y los US$ 54 millones en compensaciones de CO2. Cuidar el planeta y optimizar los procesos es el único camino sensato para resguardar la competitividad y asegurar la permanencia de la industria en el largo plazo. 

El mercado global de alimentos sostenibles avanza a pasos agigantados y las grandes cadenas de retail mundial exigen, de manera obligatoria, trazabilidad e inocuidad demostrable. En este escenario altamente competitivo, Chile ya no debe apostar por competir en base al volumen o al precio más bajo; nuestro verdadero factor de diferenciación está en el cómo producimos. Esto implica consolidar un clúster alimentario robusto y profundamente inclusivo, donde la alta tecnología industrial camine de la mano con el desarrollo de la agricultura familiar campesina a través de encadenamientos productivos sólidos y transparentes. 

La sustentabilidad dejó de ser una alternativa para convertirse en la infraestructura de la confianza internacional y en nuestra licencia para operar. Sería ingenuo conformarse con el camino recorrido. El compromiso ambiental no se agota en las cifras de un balance, sino que exige prácticas permanentes y una relación genuina con las comunidades donde operamos. Es esta responsabilidad innegociable la que le da sentido y viabilidad a nuestra producción agroalimentaria, consolidando el orgullo de alimentar al mundo con alimentos sanos, sostenibles y de alta calidad desde nuestro país hacia los cinco continentes.

Juan Manuel Mira

Presidente de Chilealimentos

 

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