• Un estudio liderado por científicos de Harvard relaciona los episodios de precipitación extrema con problemas en las cosechas del fruto con el que se prepara el chocolate en Ghana, Ecuador e Indonesia.

 

El cacao necesita calor, humedad y lluvias abundantes para crecer. Pero incluso una planta acostumbrada al clima tropical puede encontrarse con un límite. Durante años, las grandes amenazas para el chocolate parecían claras: más calor y más sequías. Ahora aparece otra menos evidente: el exceso de agua.

 

Un estudio publicado este lunes en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) señala que las lluvias extremas están detrás de una parte importante de las pérdidas de rendimiento del cacao en algunas de las principales regiones productoras del planeta. El trabajo, dirigido por Anna Lea Albright, de la Universidad de Harvard, analizó primero lo ocurrido en Ghana y comprobó después si el mismo patrón aparecía en en Ecuador e Indonesia.

Detrás de parte de esas lluvias aparece un viejo conocido del clima mundial: El Niño. Este fenómeno forma parte de un ciclo climático más amplio, ENSO (El Niño-Oscilación del Sur), capaz de modificar las precipitaciones a miles de kilómetros de distancia. Los autores encontraron que una parte de los extremos de lluvia está relacionada con estas grandes oscilaciones, algo especialmente interesante porque podría ayudar a anticipar temporadas de mayor riesgo para los cultivos.

Lo cierto es que hay mucho en juego. Cerca de seis millones de pequeños agricultores dependen del cacao como principal fuente de ingresos. Costa de Marfil produce aproximadamente el 40% del cacao mundial y Ghana alrededor del 20%, mientras Indonesia y Ecuador figuran también entre los grandes productores. En la campaña 2023/2024, África occidental llegó a sufrir pérdidas de cosecha de hasta el 40%.

El problema es que explicar esos malos años nunca ha sido sencillo. Sobre la mesa hay árboles envejecidos, falta de fertilizantes, minería de oro, problemas de polinización, sequías y temperaturas demasiado elevadas. El equipo quiso separar todos esos factores y averiguar qué papel estaba jugando realmente el tiempo atmosférico.

«Las posibles explicaciones iban desde el envejecimiento de los árboles y las plagas hasta la minería de oro y el mal tiempo, y el reto consistía en distinguir unas de otras», explica Albright a EL MUNDO. El calor y la sequía habían recibido gran parte de la atención, pero los resultados terminaron señalando en otra dirección.

Para ello, los investigadores recurrieron a más de dos décadas de registros de producción de 66 distritos de Ghana, cruzados con datos diarios de temperatura y precipitaciones. Dos señales sobresalieron con claridad: demasiada lluvia durante la estación húmeda, entre abril y junio, y demasiado poca durante la estación seca. Juntas explicaban alrededor del 68% de las variaciones de producción de un año a otro.

«La sequía es una amenaza real para el cacao y eso está bien establecido. Lo que no se había articulado tan bien es el otro extremo: demasiada lluvia», resume Peter Huybers, uno de los autores del estudio. Porque el problema no consiste únicamente en cuánto llueve. También resulta decisivo cuándo lo hace.

En Ghana, las lluvias más importantes coinciden precisamente con una etapa delicada para el árbol: la floración y el nacimiento de las primeras vainas. También es un periodo de gran actividad de los insectos polinizadores. De esas pequeñas estructuras saldrá después la cosecha principal, responsable de entre el 70% y el 80% de la producción anual.

Un aguacero intenso en ese momento puede convertirse en algo más que un día pasado por agua. La lluvia y el viento pueden golpear las flores y las vainas jóvenes, interferir con la polinización y crear condiciones ideales para determinadas enfermedades. Entre ellas está la podredumbre negra de la mazorca, asociada a Phytophthora.

Infecciones

Aquí el agua puede actuar además como vehículo. Los investigadores señalan que las infecciones pueden aparecer aproximadamente una semana después de determinados episodios de lluvia y que las salpicaduras contribuyen a transportar las esporas desde el suelo hacia la planta. «Las enfermedades son una parte plausible e importante de la explicación y estos mecanismos pueden actuar conjuntamente», añade la científica.

Eso ayuda a entender uno de los resultados más llamativos del trabajo: no toda la lluvia afecta igual. Los episodios cortos y especialmente intensos predecían mejor las pérdidas que la precipitación media de toda la estación. Dos años pueden recibir cantidades de agua parecidas y terminar con cosechas muy distintas si en uno de ellos buena parte cae concentrada en unos pocos chaparrones violentos.

El equipo quiso comprobar entonces si Ghana era un caso particular. No lo parecía. En Ecuador y en la isla indonesia de Sulawesi, las lluvias extremas durante la estación húmeda volvieron a relacionarse con peores rendimientos, pese a tratarse de regiones con climas, sistemas agrícolas y condiciones muy diferentes.

El hallazgo complica un poco más el futuro del cacao. En África occidental ya existen señales de que las precipitaciones fuertes se están intensificando y, en un planeta más cálido, estos episodios podrían adquirir todavía más importancia. La ventaja es que fenómenos como El Niño son parcialmente predecibles, por lo que podrían servir para avisar con antelación de campañas especialmente delicadas.

Eso permitiría avisar a los agricultores antes de una temporada especialmente peligrosa y preparar determinadas medidas para reducir los daños. Pero conocer el riesgo no significa necesariamente poder evitarlo. «Una previsión solo resulta útil si los agricultores pueden actuar», recuerda Albright. Los fungicidas cuestan dinero y necesitan equipos y suministros, mientras que extender cubiertas vegetales requiere mano de obra y disponer de material apropiado.

Para los consumidores, el resultado podría terminar notándose también en el supermercado. Albright considera que los datos apuntan a «un riesgo de mayor volatilidad en el suministro», algo que podría ejercer presión sobre el precio del chocolate.

Al final, el cacao se enfrenta a una sencilla paradoja: necesita lluvia para producir chocolate, pero demasiada agua, en el momento equivocado, puede arruinar precisamente la cosecha que lo hace posible.

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Equipo Prensa
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