Mario Morales Director Carrera de Medicina Veterinaria Universidad de Las Américas, Sede Concepción
Hace unos días se celebró el Día Mundial del Caballo, instancia que recuerda la importancia que este animal tiene en nuestra sociedad. Al pensar en ello la ciencia moderna ha regresado a lo básico para rescatar un concepto fundamental: «Una Salud» (One Health). Esta mirada nos recuerda algo que a menudo olvidamos: la salud humana, animal y ambiental son un sistema inseparable. En este engranaje, el caballo emerge no sólo como un compañero histórico de batallas y de los habitantes de zonas rurales, sino como un actor muchas veces invisible para sostener la salud pública y el equilibrio de nuestros ecosistemas.
Desde las zonas rurales de nuestro país, hasta los centros de terapia urbana, entender el rol bajo esta perspectiva es vital. En medicina, han sido silenciosos héroes de hitos históricos, desde el desarrollo del primer antídoto contra la difteria en el siglo XIX, hasta su rol esencial hoy en la producción de sueros antiofídicos. Además, son modelos biológicos invaluables para investigar patologías humanas complejas que van desde el asma alérgica y los problemas osteoarticulares, hasta la Hepatitis C y la salud mental.
En el plano del bienestar físico y emocional es donde su impacto se vuelve notorio. La hipoterapia ya no es una alternativa exótica; es una herramienta médica demostrada. El movimiento rítmico del animal genera beneficios incalculables en la simetría muscular, el equilibrio y la coordinación de pacientes con parálisis cerebral, esclerosis múltiple o autismo. Ofreciendo una calidad de vida superior basada en la empatía y la conexión natural, su impacto va más allá de la salud individual; es socioambiental. En las comunidades más vulnerables de nuestro país, el caballo sigue siendo el motor de subsistencia, asegurando el sustento diario. En paralelo, su huella en el medio ambiente es sumamente positiva: actúa como fertilizador natural, dispersa semillas que favorecen la biodiversidad y, en varias de nuestras regiones, el pastoreo equino es una herramienta clave para prevenir incendios forestales al controlar el crecimiento de pastizales.
Esta convivencia nos impone desafíos y alertas compartidas. Los caballos habitan esa delgada frontera donde pueden surgir enfermedades zoonóticas como el virus del Nilo Occidental o la rabia. Además de estar expuestos a las mismas amenazas globales que nosotros: el cambio climático y la resistencia antimicrobiana. La relación humano-caballo-ambiente nos enseña que resguardar la salud animal no es un acto de caridad, sino una necesidad de supervivencia mutua, nos da la oportunidad perfecta para demostrar cómo interactúan los pilares de «Una Salud» en el mundo real.
Como sociedad, nuestra responsabilidad ética y sanitaria radica en garantizar su bienestar mediante una tenencia responsable y leyes que reconozcan su impacto multidimensional. Superar la visión puramente antropocéntrica y protegerlo es una estrategia esencial para asegurar la sostenibilidad de nuestra propia especie en un planeta que cambia a pasos agigantados.


































