Gonzalo Escobar – Académico Facultad de Economía y Negocios (FEN) UNAB
El fenómeno de El Niño sigue en el día a día de las conversaciones de todos los sectores económicos, incluido el agro nacional, y en muchos casos ya se siente como una amenaza. Lo positivo de este escenario es que existe disponibilidad de agua para dos o tres años, pero se debe tener cuidado con la existencia de mayores costos y pérdidas. Desde una mirada económica, importa mucho menos contar con un recurso -en este caso, el agua- que la dificultad para su gestión y la incertidumbre que envuelve su uso.
Lo bueno hay que destacarlo siempre, pues tras años de sequía, los embalses y las napas se han recuperado, aminorando el riesgo en el corto plazo y generando una holgura a una actividad que depende siempre del riego. Para los productores de frutas, hortalizas y viñateros, la disponibilidad hídrica les permite planificar plantaciones, comprometer parte importante de la producción futura con compradores y acceder a financiamiento con mejores condiciones crediticias.
Pero nada es gratis. La abundancia, las lluvias intensas, crecidas y mayor humedad elevan, por otro lado, los costos, particularmente por caminos y canales dañados, además de afrontar una mayor presión de plagas y hongos, provocando un mayor control fitosanitario y dificultades en los procesos de cosecha y logística. En el caso de la fruta destinada a la exportación, es mucho más sensible, pues una demora en algunos procesos o el cierre de un puerto puede convertir todo lo ganado en una pérdida, ya que el producto fresco pierde valor con las horas. A ello se suman seguros y créditos más caros, dado que las aseguradoras y los bancos cobran la mayor volatilidad.
Además, existe un efecto distributivo que en muchos casos no es considerado, ya que las grandes empresas que pueden diversifican territorios y cultivos, también pueden acceder a financiamiento, lo que les permite pasar una mala temporada. En cambio, el pequeño y mediano productor enfrenta el mismo shock con menos respaldo financiero. Si el costo de estos shocks se concentra en los productores que menos recursos tienen para atenuar, el resultado es un sector con mayores niveles de concentración y economías locales con menor dinamismo, pues dependen del empleo agrícola y de temporada.
Hay dos desafíos importantes. Primero, la innovación orientada a desarrollar cultivos más resistentes al cambio climático, buscando mantener o aumentar el rendimiento esperado y disminuir su variabilidad. Y segundo, contar con infraestructura de riego, manejo de crecidas y una gestión del recurso que genere certezas, seguros y financiamiento específicos a medianos y pequeños productores. Así, lo que se debe hacer es tratar el clima como un factor permanente de la planificación económica y no como una contingencia que se enfrenta cuando ya llegó.
El Niño pasará, pero estos cambios climáticos se quedarán. El sector agrícola -uno de los motores exportadores del país- tiene la oportunidad de usar esta situación hídrica, donde quien aproveche estos años de holgura para innovar y adaptarse competirá mejor. Quien los vea solo como un alivio quedará otra vez expuesto en el próximo ciclo.
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Equipo Prensa
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