Por: Maritza Ambiado Ganga
Profesional en Proyecto Tres y ONG CETSUR
Las semillas son un legado que viaja de mano en mano, cruzando el tejido de cuidados y saberes que las curadoras entrelazan, permitiendo que hoy nuestra mesa sea diversa y que el territorio mantenga su capacidad de resistir ante la incertidumbre.
Sin embargo, el reciente proyecto de resolución sobre «semilla corriente» del Servicio Agrícola y Ganadero (SAG) fractura esta continuidad. Tras la promesa de un orden técnico, se impone un requerimiento que en la práctica desarticula la red de cooperación que nutre nuestra agricultura, obligándonos a una burocracia que nos es ajena.
Al exigir que toda semilla comercializada se inscriba en la Lista de Variedades Oficialmente Descritas (LVOD), la institucionalidad excluye la biodiversidad que no se ajusta a sus catálogos. Al definir el comercio con una amplitud ambigua que no garantiza la protección de la cesión gratuita, la normativa arriesga borrar la frontera entre la actividad industrial, el intercambio tradicional y comunitario, y los trafkintü, ese flujo recíproco que es vida y no mercancía, sometiendo a las comunidades a una vigilancia administrativa que ignora el valor del don y la solidaridad. La exigencia de uniformidad y pureza es, además, una afrenta a la adaptabilidad, ya que las variedades tradicionales sobreviven al cambio climático porque evolucionan, no porque se ajustan a descripciones fijas. La biodiversidad no es un producto de laboratorio, es la vida misma manifestándose como un proceso continuo que reclama su derecho a seguir transformándose.
Advertimos sobre este camino porque no es un hecho aislado, sino la réplica de un cerco normativo que ya ha asfixiado la herencia genética de otros pueblos, empujando paulatinamente al desabastecimiento de la diversidad local y a la dependencia de los catálogos de las corporaciones transnacionales. Por ello, nuestra voz se une al llamado colectivo de incorporar una cláusula de exclusión total y explícita para los sistemas tradicionales. Es imperativo garantizar que los flujos comunitarios y locales queden fuera de cualquier marco de control, protegiendo el libre tránsito de las semillas y evitando que se fuerce la estandarización de lo que nos alimenta. ¿Queremos realmente un sistema que prefiera el resguardo de una patente por sobre el libre tránsito de una herencia colectiva? El proceso de consulta pública está abierto hasta el 10 de agosto y es urgente manifestar el impacto de esta medida.
La soberanía se cultiva entre el zumbido de los polinizadores y el tránsito de los ciclos que despiertan en cada huerto. Allí donde la semilla sigue brotando, ajena a cualquier catálogo, nos expresa con fuerza que lo que nos sostiene no puede ser normado. Por la libertad de nuestras semillas y la dignidad de quienes las cuidan, llamamos a unirnos en el cuidado profundo de lo que nos permite seguir existiendo.

































