El humedal Rocuant-Andalién vuelve a estar en el centro de la discusión sobre el desarrollo urbano y el cuidado de estos ecosistemas. En medio del debate generado por los recientes dichos sobre el uso de terrenos de humedales, una mirada científica permite poner el foco en aquello que muchas veces permanece invisible: estos espacios no son terrenos vacíos, sino ecosistemas que cumplen funciones esenciales tanto para la biodiversidad como para las ciudades.
El humedal alberga más de 120 especies, entre aves acuáticas, peces, anfibios y reptiles. Entre ellas destaca el pilpilén, un ave playera que encuentra en Playa Isla de los Reyes Rocuant un sitio especialmente relevante para su ciclo de vida. El lugar cuenta con reconocimiento internacional por su importancia para esta especie, que utiliza estos ambientes para alimentarse, descansar y reproducirse.
Pero la importancia ecológica de Rocuant-Andalién va más allá de una especie determinada. El Dr. Pablo González, biólogo marino del Centro Regional de Estudios Ambientales (CREA) de la Universidad Católica de la Santísima Concepción (UCSC), explica que el humedal constituye un “hábitat crítico para aves residentes y migratorias, ya que les proporciona áreas de alimentación, refugio, descanso y reproducción en medio de un paisaje urbano cada vez más intervenido”.
El académico destaca que “conservar estas especies también permite mantener funciones ecológicas como el transporte de nutrientes, la dispersión de semillas y la regulación de las redes tróficas. A esto se suma que las aves pueden actuar como indicadores del estado de los ecosistemas, entregando señales sobre las condiciones ambientales del territorio”.
La relevancia de estos espacios, sin embargo, no termina en la biodiversidad. Los humedales también cumplen un papel fundamental frente a uno de los problemas que más afecta a las ciudades durante los sistemas frontales: las inundaciones.
“Los humedales son ecosistemas donde el agua determina las características del suelo y la vegetación. Generalmente se forman en zonas bajas o depresiones naturales, por lo que durante lluvias intensas reciben y almacenan temporalmente parte del agua que escurre desde sectores más altos”, explica el Dr. González.
Esta capacidad permite disminuir la velocidad con que el agua se desplaza por el territorio y, bajo determinadas condiciones de suelo, favorecer además su infiltración y la recarga de acuíferos. En el caso de Rocuant-Andalién, esta función adquiere especial importancia debido a su cercanía con sectores urbanos de Talcahuano.
El académico advierte que intervenir estos espacios puede generar consecuencias que van más allá de la pérdida directa de superficie. “Es fundamental evaluar no solo la superficie que se afectará, sino también la fragmentación del hábitat y la pérdida de conectividad ecológica”, señala, ya que dividir el sistema puede disminuir su funcionalidad incluso cuando algunos sectores permanezcan intactos.
La misma lógica se aplica al agua. Cuando un humedal es rellenado o degradado, se pierde parte de su capacidad natural para recibir y almacenar agua. Sin embargo, el relieve continúa conduciendo las precipitaciones hacia esas zonas bajas. Si la urbanización no cuenta con sistemas de evacuación de aguas lluvias adecuadamente dimensionados, pueden producirse acumulaciones, anegamientos e inundaciones.
“Si la urbanización no cuenta con obras de evacuación de aguas lluvias adecuadamente dimensionadas, el agua puede acumularse, saturar el terreno y provocar anegamientos o inundaciones, incluso sobre las áreas construidas en el antiguo humedal”, advierte el investigador de la UCSC.
Por ello, frente a eventos de precipitaciones intensas, los humedales pueden funcionar como verdaderas “esponjas naturales”, reteniendo parte del agua y liberándola lentamente. Según el especialista, mientras estos ecosistemas se mantengan funcionales, los humedales de la Región del Biobío pueden contribuir a disminuir los efectos de las lluvias intensas y, cuando las condiciones del suelo y la geología lo permiten, favorecer la conexión con las aguas subterráneas.
Esta función adquiere todavía mayor relevancia en un escenario de cambio climático, donde las ciudades deben prepararse para eventos meteorológicos más intensos. Para González, los humedales debieran ser considerados dentro de la planificación urbana como infraestructura natural, evitando su relleno, fragmentación o transformación.
“Su valor no se limita al control de inundaciones: también regulan el ciclo del agua, conservan biodiversidad, moderan las temperaturas y aportan espacios de bienestar para las comunidades”, sostiene.
El debate sobre el futuro de estos territorios no solo implica decidir qué superficie puede ser intervenida. También requiere preguntarse qué funciones dejarían de existir si esos espacios desaparecen o pierden su conexión ecológica e hidrológica.
En ese sentido, el desafío, plantea el académico, es avanzar hacia ciudades que no midan sus áreas verdes únicamente por la cantidad de metros cuadrados disponibles, sino también por su distribución, calidad y accesibilidad. “Los humedales deben ser reconocidos como parte de la infraestructura verde urbana y no como terrenos disponibles para rellenar o urbanizar”, concluye.





































