Jaime Meza Director Carrera de Agronomía Universidad de Las Américas

En el Día Internacional de las Frutas y la Verduras, no podemos dejar de recordar que la producción a escala industrial en Chile despegó en los años 80, aunque sus cimientos estructurales se forjaron en los 60 con el Plan Frutícola de CORFO. Este impulsó el paso histórico hacia una agricultura comercial, y ya durante el boom de los 70 y 80, la uva de mesa y las manzanas llegaron a representar más del 80% de los envíos. Entrada la década del 90, la tecnología y la automatización nos permitieron diversificarnos para exportar cerca de 75 especies, posicionándonos como el mayor comerciante del hemisferio sur, con retornos que hoy rondan los US$ 5.000 millones anuales.

Nuestro liderazgo mundial se sustenta en cinco especies que concentran el 83% del valor exportado: las cerezas (cuyos envíos van en un 90% a China), la uva de mesa (dirigida a EE.UU.), los arándanos, las altísimamente rentables paltas (hacia Europa) y las tradicionales manzanas.

Pese a estos tremendos logros comerciales, resulta vital hacer un profundo énfasis en las crisis sistémicas que tensionaron al sector durante la temporada 2025-2026. Aunque tuvimos cifras récord que superaron los US$ 8.198 millones, enfrentamos una grave alerta fitosanitaria por 66 brotes de mosca de la fruta, lo que le costó al Estado 33 mil millones en regulaciones cuarentenarias para no perder mercados. 

En paralelo, sufrimos críticos cuellos de botella logísticos: el despacho de hasta 6.800 contenedores semanales desnudó una escasez de técnicos en refrigeración y saturó la cadena de frío. Sumado a ello, la sobreproducción de cerezas de calibres pequeños mermó las ganancias, dejándonos una lección dura donde la calidad debe superar al volumen. Lo más crítico es la crisis hídrica estructural; los gremios advierten derechamente que, de no invertir US500 millones anuales en embalses, Perú nos desplazará comercialmente para el año 2028.

De cara a la próxima temporada 2026-2027, los desafíos son ineludibles. Necesitamos establecer un blindaje fitosanitario irrestricto, aplicar inteligencia logística para asegurar el enfriamiento terrestre, y consolidar el recambio genético, esperando que un 72% de nuestra uva exportada corresponda a nuevas variedades. Finalmente, mirando hacia un futuro horizonte de cinco temporadas (2030-2031), resolver la infraestructura hídrica, garantizar una trazabilidad sustentable ante mercados estrictos, y diversificarnos hacia India y el Sudeste Asiático, dictarán nuestra verdadera supervivencia competitiva.

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