Santiago, 25 de marzo de 2026.- El verano y el calor ya quedan atrás, dando comienzo a la temporada otoño-invierno, con su baja de temperatura y sus precipitaciones. En el mundo del agro nacional, el período de post-cosecha ya es parte del recuerdo, para dar paso a la caída de hojas y, posteriormente, a las labores de poda, pensando en un nuevo inicio de ciclo.

Esta etapa es especialmente sensible para los agricultores, ya que cada desprendimiento de hoja genera una micro-herida, mientras que las podas, de por sí, provocan daños mayores. Por ende, es una ventana de tiempo de cuidado, debido a que las bacterias y los hongos tienen una oportunidad de ingresar en los organismos de las plantas, con todas las consecuencias negativas que esto acarrea.

Respecto a estos últimos, el hongo de madera es uno de los grandes dolores del sector agrícola, ya que es especialista en penetrar y degradar la planta. De conseguirlo, si no se toman las medidas adecuadas, los cálculos dentro del rubro estiman que el daño abarcará por lo menos al 10 por ciento del huerto, y por un lapso de entre tres y cinco años, generando pérdidas mayúsculas.

Tradicionalmente, al momento de podar, los cortes eran cubiertos con pintura a base de fungicidas aplicada a mano. Sin embargo, este método conlleva varios riesgos: primero, los trabajos de quienes podan y de quienes pintan no son simultáneos, abriendo un espacio de penetración; segundo, no todo corte es pintado, quedando expuestas partes de las maderas; y tercero, muchos lugares quedan mal pintados, tardando en darse cuenta.

Las heridas producidas por los cortes de poda permanecen abiertas y susceptibles de ser colonizadas por los hongos de madera por un período de tiempo bastante largo, lo que implica la necesidad de proteger estos cortes independientemente de las condiciones ambientales existentes cuando se realiza la poda, ya que no sabemos cómo serán las una o dos semanas después de haber realizado este trabajo.

En la actualidad, la industria ha encontrado la respuesta a estos problemas en la misma naturaleza. De hecho, ha descubierto la solución en los mismos seres fúngicos, pues existen aquellos benéficos, también “madereros”, que colonizan antes las heridas, ya que crecen en temperaturas similares que los “malos” y se comen el mismo alimento, y no sobrepasan la “zona de muerte”, es decir, el área podada, o sea, no entran al tejido vivo.

“Esto se conoce como ‘sello orgánico’, donde estamos jugando con las mismas armas que el enemigo”, grafica Rodrigo Carvallo, subgerente de Marketing e Innovación de Summit Agro Chile, multinacional japonesa perteneciente al grupo Sumitomo Corporation. “Más encima, es más rápido, más eficiente y no se ‘lava’ por lluvia, y se puede inocular de distintas maneras, incluso la más avanzada, la aérea, por medio de drones”, complementa.

Éstas son las características que tiene Mamull, el fungicida desarrollado por la empresa de origen nipón para aliviar un gran dolor del agricultor en este segmento del año. “Con esta técnica, ya no necesita pintar y se elimina completamente el error humano, porque el ojo no ve ciertas cortaduras, mientras que el ‘hongo bueno’ cae sobre toda la superficie como una nube desde el drone”, concluye el especialista.

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Equipo Prensa
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