Por Dr. Ing. Agr. Nicolás Quiroga B.
Presidente Sociedad Chilena de Fitopatología (SOCHIFIT)
La producción de tomate constituye un componente estratégico de la horticultura moderna, tanto por su relevancia en la seguridad alimentaria como por su impacto económico en cadenas productivas intensivas. En este escenario, los virus emergentes han adquirido un protagonismo creciente, transformándose en una de las principales amenazas fitosanitarias a nivel global. Frente a ello, la fitopatología cumple un rol crítico: no solo permite diagnosticar enfermedades, sino que define la capacidad de un país para anticiparse a riesgos que pueden comprometer su competitividad agrícola.
En los últimos años, la dinámica global de los patógenos vegetales ha cambiado de forma significativa. La intensificación del comercio internacional de material vegetal, junto con el cambio climático, ha favorecido la emergencia y dispersión de virus en nuevos territorios. Chile, con una agricultura altamente tecnificada y orientada a la exportación, no está ajeno a este escenario. Por el contrario, su condición de país abierto lo obliga a mantener sistemas de vigilancia fitosanitaria altamente robustos.
Virus emergentes: una amenaza silenciosa pero concreta
Uno de los principales desafíos actuales en tomate corresponde a los virus emergentes. A diferencia de otros patógenos, los virus no cuentan con tratamientos curativos en campo, lo que hace que la prevención y el diagnóstico temprano sean las únicas herramientas efectivas de manejo.
Estudios recientes realizados en Chile han evidenciado la presencia de virus de importancia económica en plantas de tomate, confirmando que el país no está exento de la presión de estos agentes. En particular, la detección del Virus Medirional del Tomate (STV) en Chile, demuestra la capacidad instalada a nivel nacional para identificar patógenos incluso en fases tempranas o con baja carga viral. Este tipo de aproximaciones permite diferenciar entre la simple presencia de material viral y una infección activa, lo que representa un avance sustantivo en términos de certeza diagnóstica y toma de decisiones.
Más allá del caso puntual, estos resultados reflejan un punto clave: Chile cuenta con capacidades científicas y tecnológicas para anticiparse a escenarios complejos en sanidad vegetal. Este es un activo estratégico que debe ser fortalecido.
ToBRFV: el paradigma de una enfermedad emergente de alto impacto
Dentro del escenario internacional, el Tomato brown rugose fruit virus (ToBRFV) se ha transformado en uno de los patógenos más preocupantes para el cultivo del tomate. Su rápida diseminación y su capacidad de superar resistencias genéticas lo han posicionado como una amenaza global.
En países como México, Estados Unidos, España, Israel y Países Bajos, la introducción de este virus ha generado pérdidas económicas significativas, asociadas a disminución de rendimiento, descarte de fruta por pérdida de calidad comercial y restricciones en mercados de exportación. En algunos casos, su presencia ha implicado la eliminación completa de cultivos y la implementación de estrictas medidas de bioseguridad, elevando considerablemente los costos de producción.
Adicionalmente, la detección de ToBRFV en un país puede gatillar restricciones fitosanitarias en el comercio internacional, afectando directamente la competitividad del sector agrícola. Esto es especialmente relevante para Chile, cuya estrategia exportadora depende en gran medida de su estatus sanitario.
Actualmente, Chile mantiene la condición de plaga cuarentenaria ausente para este virus, lo que representa una ventaja comparativa significativa. Sin embargo, la detección de focos acotados en material vegetal ha puesto en evidencia la necesidad de mantener una vigilancia activa y permanente.
El rol del SAG: contención, erradicación y trazabilidad
Frente a este escenario, el Servicio Agrícola y Ganadero (SAG) ha implementado medidas fitosanitarias concretas y oportunas orientadas a evitar la dispersión del virus en el territorio nacional. Estas incluyen la eliminación de plantas y lotes de semillas infectadas, la prohibición de uso de material vegetal positivo como fuente de propagación, y la implementación de estrictos protocolos de desinfección de herramientas, infraestructura y personal.
Asimismo, se han establecido medidas de cuarentena y restricción de movimiento de material vegetal, junto con la obligación de mantener registros que aseguren la trazabilidad de los procesos productivos. Estas acciones no solo buscan contener eventuales brotes, sino también generar información epidemiológica clave para la toma de decisiones a nivel país.
Este enfoque refleja un principio fundamental: Chile es un país fitosanitariamente serio y confiable. La capacidad de respuesta institucional, basada en evidencia técnica y regulaciones claras, es un pilar esencial para la protección del patrimonio agrícola nacional.
Anticiparse: el verdadero desafío
El escenario actual plantea una conclusión clara: la fitopatología no puede ser reactiva. La detección temprana, la vigilancia continua y la integración de herramientas diagnósticas avanzadas son indispensables para anticiparse a la entrada y establecimiento de patógenos emergentes.
En este contexto, la articulación entre ciencia, industria y Estado se vuelve crítica. Los avances en diagnóstico deben ser transferidos oportunamente a los sistemas productivos, mientras que las políticas públicas deben sustentarse en evidencia científica actualizada. Solo así es posible construir sistemas agrícolas resilientes.
La fitopatología, en este sentido, deja de ser una disciplina exclusivamente académica para convertirse en un componente estructural de la seguridad alimentaria.
Articulación y proyección disciplinar
Desde la Sociedad Chilena de Fitopatología (SOCHIFIT), se ha promovido activamente la generación y difusión de conocimiento en sanidad vegetal, así como la vinculación entre investigadores, asesores y el sector productivo. En un escenario de creciente complejidad fitosanitaria, el rol de la comunidad científica organizada es clave para orientar decisiones y fortalecer capacidades a nivel país.
Chile tiene hoy la oportunidad de posicionarse no solo como un actor relevante en producción agrícola, sino también como un referente en gestión fitosanitaria basada en ciencia. Para ello, es fundamental consolidar una cultura de anticipación, donde el diagnóstico, la vigilancia y la colaboración interinstitucional sean los ejes centrales.































