El avellano europeo sorprende por su comportamiento fenológico único: mientras la mayoría de los frutales esperan la primavera para florecer, este árbol desafía el frío y abre sus flores en pleno invierno. Sus frutos, las avellanas, son el corazón de una de las golosinas más deseadas del planeta, ingrediente esencial de chocolates premium como los Ferrero Rocher.
Para enfrentar este desafío, el laboratorio de Genómica Funcional del Centro de Estudios Avanzados en Fruticultura (CEAF), liderado por el Dr. Rubén Almada, impulsa el proyecto FloralNut, una investigación pionera destinada a proteger al avellano de los estreses ambientales y, sobre todo, a mejorar la calidad de sus flores —un factor decisivo para la productividad del cultivo.
Entre las razones por qué el científico de CEAF se dedica al estudio de este fruto es porque “en primer lugar, se trata de un fenómeno biológico excepcional: pocas especies de interés agrícola florecen en pleno invierno y muestran una asincronía entre la llegada del polen y la formación del embrión, comprender cómo se regula esa transición es un reto científico fascinante. En segundo lugar, porque la calidad de las flores es determinante para la productividad del cultivo, y esa calidad comienza a definirse durante el verano previo, cuando el estrés por altas temperaturas puede comprometer la organogénesis y la diferenciación floral” y por último agrega que “resolver este misterio tiene un impacto directo en la competitividad de la fruticultura nacional: mejorar la calidad floral y reducir los efectos del calor permitirá a los productores enfrentar mejor los escenarios de cambio climático y asegurar rendimientos sostenibles”.

Una floración en pleno invierno
La antesis del avellano ocurre bajo bajas temperaturas, heladas y lluvias. Su arquitectura floral es doble: los amentos, inflorescencias masculinas colgantes que liberan polen al viento, y los glomérulos, que contienen las diminutas flores femeninas encargadas de recibirlo. Esta separación de sexos genera desafíos reproductivos, pues existe asincronía e incompatibilidad floral, lo que obliga a usar variedades polinizadoras para asegurar la cuaja.
La calidad de las flores femeninas comienza a “construirse” el verano anterior a la antesis, durante la organogénesis; si en esa etapa las plantas sufren estrés por calor, el potencial reproductivo se reduce. Además, los amentos también son sensibles al calor, lo que disminuye la eficacia polínica. Cuando la calidad floral se ve comprometida -ya sea por una mala formación de primordios en verano- aumenta el aborto floral y cae la productividad del huerto.




































