• El compromiso territorial firmado en el lanzamiento de la tercera etapa del proyecto, en el Liceo Instituto del Mar Almirante Carlos Condell de Iquique, abre paso a una red de bancos comunitarios de semillas en el interior de Tarapacá y a un diagnóstico que medirá cuántas especies agrícolas tradicionales siguen en cultivo.

El proyecto LabAncestral, de la Universidad Arturo Prat (UNAP), liderará la Red Regional de Conservación Guardianas/es de las Semillas, que articulará bancos comunitarios en las localidades del interior de Tarapacá para resguardar las especies agrícolas tradicionales que aún se cultivan en la provincia del Tamarugal. La red nació de un compromiso territorial firmado en el Liceo Instituto del Mar Almirante Carlos Condell de Iquique y parte con una tarea concreta de establecer cuántas de esas especies siguen en manos de los agricultores.

La firma cerró el lanzamiento de la tercera etapa del proyecto y la presentación de la Misión Rescate de Germoplasma, declarada para el periodo 2026-2027 y enfocada en el Tamarugal. En la jornada participaron autoridades del Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación (MinCiencia) y de la Universidad Arturo Prat, investigadores y profesionales de LabAncestral y Landata, agricultores y estudiantes.

Los bancos comunitarios concentrarán el resguardo del germoplasma, el material genético que permite preservar las especies cultivadas y que sostiene el desarrollo agroalimentario de la provincia. Las que se sembraban hace algunas décadas en el Tamarugal fueron perdiendo espacio en los predios frente a la oferta de semillas comerciales, un proceso conocido técnicamente como erosión genética, es decir, cultivos que dejaron de circular entre familias y vecinos y que ya no vuelven a la siembre.

El director de LabAncestral, Jorge Olave, señaló que “lo que está en juego no es solo memoria agrícola. Las especies tradicionales son genéticamente muy diversas y presentan mayor resiliencia a los efectos del cambio climático, por ejemplo, la presencia de lluvias inesperadas o fríos fuera de temporada, lo que le permite a los cultivos llegar a cosecha y dar seguridad comercial al agricultor”.

La directora alterna del proyecto, Margarita Briceño, encargada de presentar la misión, explicó que el diagnóstico que ahora comienza “permitirá establecer cuál es el escenario actual de la pérdida del material genético”. El trabajo en terreno se orienta a identificar cuántas especies agrícolas gestiona cada agricultor y, con esa información, definir junto a ellos la estrategia a implementar. La conservación del germoplasma, agregó, “resulta relevante para la seguridad alimentaria y la adaptación de la agricultura frente a condiciones climáticas extremas”.

La conferencia magistral estuvo a cargo de la doctora Erika Salazar, encargada de la Unidad de Recursos Genéticos y Banco de Germoplasma del Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA), quien expuso cómo se detecta esa merma en terreno. “Al preguntar por los cultivos, aparecen nombres de especies que hoy no están en los campos y que casi siempre vienen asociados a un recuerdo familiar. Lo que sembraba el padre, lo que se cultivaba cuando el agricultor era niño. Cada uno de esos relatos apunta a una semilla que dejó de circular y a una diversidad que se reduce a unas pocas especies”, dijo.

El catastro que levante el proyecto podrá cruzarse con la red de bancos de germoplasma del INIA, que conserva semillas recolectadas en Chile desde la década de 1950 junto con la información de cada una. Ese cruce permite reconocer, por ejemplo, maíces caracterizados en esas colecciones que hoy ya no se ven en el territorio.

En Tarapacá la conservación pesa más que en otras zonas por las condiciones de sus agroecosistemas: suelos altamente salinos y arenosos, con bajo contenido de materia orgánica, radiación solar muy alta y amplias oscilaciones térmicas entre el día y la noche. Las especies comerciales, creadas para ambientes estables y con acceso seguro al agua, no responden igual en ese escenario. Las tradicionales, en cambio, acumulan cambios heredables que permiten seguir cosechando temporada tras temporada, junto con las prácticas agronómicas que se traspasan de generación en generación. Bajo ese enfoque, sostuvo Salazar, la investigación parte de las necesidades que levantan los propios agricultores, con equipos que integran a sociólogos, agrónomos, ingenieros industriales y químicos.

Raúl Castillo Villagra, director general de Innovación y director alterno del Nodo Andino Pacífico, recordó que la UNAP lleva más de siete años respaldando LabAncestral, “un proyecto que transfiere conocimiento al territorio y rescata prácticas ancestrales para llevarlas a un desarrollo tecnológico”. El rescate de germoplasma, agregó, responde a la necesidad de proteger los productos y quehaceres propios de la región frente a los efectos del cambio climático.

La jornada correspondió a la tercera etapa del proyecto “Laboratorios Naturales, Rescate de Prácticas Ancestrales para Impulsar la Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación hacia un Desarrollo Agroalimentario Sustentable y Sostenible”, e incluyó la exposición de un policy brief del investigador Héctor Solórzano y la conferencia magistral “Rescate y conservación de germoplasma en territorios de alta fragilidad ambiental”, previas a la firma del compromiso territorial.

El plan de terreno de la misión consideró seis localidades del interior entre el 9 y el 13 de agosto, ellas son: Camiña, Huara (Bajo Soga), Colchane, Cariquima, Pica y Pozo Almonte (Pintados), en el corazón de la provincia del Tamarugal.

Con el compromiso firmado, el proyecto avanza hacia la constitución formal de la misión y la creación de los bancos comunitarios. El diagnóstico en terreno dirá cuántas especies agrícolas tradicionales siguen en manos de los agricultores.

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Equipo Prensa
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