El viceministro de Economía ucraniano admite que los agricultores podrían sumar 400.000 hectáreas de colza si la situación en Medio Oriente se prolonga.
El 28 de febrero pasado, los ataques aéreos estadounidenses e israelíes sobre Irán no solo sacudieron los tableros geopolíticos del Medio Oriente: también llegaron, con efecto retardado pero perceptible, hasta las llanuras agrícolas del este europeo. A miles de kilómetros del estrecho de Ormuz, los agricultores ucranianos comenzaron a recibir una señal clara del mercado: la colza volvía a ser negocio.

El mecanismo es relativamente directo. Cuando el conflicto en Irán escala, el precio global del petróleo sube. Cuando el petróleo sube, los combustibles renovables ganan aún más atractivo. Y cuando el biodiesel gana atractivo, también lo hace su principal materia prima en Europa: la colza, conocida en los mercados internacionales como rapeseed o canola.

Ucrania no es un actor marginal en esa cadena. Es uno de los grandes productores y exportadores europeos del cultivo, con una cosecha proyectada de 3,8 millones de toneladas para 2026, según la consultora agrícola APK-Inform —especializada en análisis de mercados de granos y oleaginosas en Europa del Este—, frente a las 3,3 millones de toneladas registradas en 2025. La mayor parte de esa producción tiene como destino los países de la Unión Europea, que la utilizan tanto para aceite de cocina como, crecientemente, para la producción de biodiesel en el marco de sus metas de descarbonización del transporte.
El cálculo del viceministro
En ese contexto, las declaraciones de Taras Vysotskiy, viceministro de Economía de Ucrania, adquieren una dimensión que va más allá de la gestión agrícola doméstica. Según informó Reuters, Vysotskiy señaló que si el conflicto en Irán se prolonga, los agricultores ucranianos podrían ampliar la superficie sembrada con colza hasta alcanzar 1,5 millones de hectáreas en el otoño (boreal) —cuando se realiza la siembra del cultivo de invierno, que se cosecha a mediados del verano siguiente—. Eso representaría un incremento de unas 400.000 hectáreas respecto a los niveles actuales, es decir, un crecimiento de aproximadamente un tercio en un solo ciclo.
«Si la situación se prolonga, sí, los agricultores van a ampliar su superficie con colza y podrían llegar a 1,5 millones de hectáreas en otoño, y eso es 400.000 hectáreas más que hoy», declaró el funcionario. Él mismo reconoció, sin embargo, que semejante expansión no es sencilla de ejecutar en un único año. Los agricultores todavía tienen tiempo de decidir qué cultivos reemplazarán con colza, dado que Ucrania siembra más de 20 millones de hectáreas de cereales y oleaginosas, incluyendo maíz, trigo, girasol y cebada —todos cultivos que compiten por la misma tierra y los mismos insumos.

La colza de invierno ucraniana tiene un ciclo productivo que se ajusta bien a ese esquema de decisión: se siembra en otoño y se cosecha a mediados del verano del año siguiente, lo que da a los productores cierto margen para evaluar el comportamiento de los precios antes de comprometerse con la siembra. Esas 400.000 hectáreas adicionales podrían rendir, según las estimaciones, al menos un millón de toneladas métricas más de colza.

Un mercado europeo que se reordena
Antes de que estallara el conflicto en Irán, APK-Inform ya venía anticipando un aumento sostenido en la producción y exportación ucraniana de colza para 2026. La razón no era solo climática ni agronómica: el mercado europeo de biodiesel se encuentra atravesando un reordenamiento regulatorio que está redibujando quiénes pueden jugar y quiénes no.

La Unión Europea incorporó recientemente a la soja en la categoría de materias primas con alto riesgo de cambio indirecto de uso del suelo —un criterio técnico que evalúa si la expansión de un cultivo energético desplaza indirectamente actividades agrícolas hacia zonas sensibles—, lo que implica que el biodiesel producido a partir de soja deja de ser reconocido como energía renovable dentro del sistema europeo y queda, en la práctica, excluido de ese mercado.

La medida tiene un efecto concreto sobre el comercio global: Argentina, que llegó a exportar cerca de 1,5 millones de toneladas de biodiesel de soja a la UE en 2023 y que en 2024 y 2025 ya había visto ese volumen caer por debajo de las 300.000 toneladas en un contexto de crecientes restricciones, queda ahora formalmente desplazada de ese mercado. El espacio que deja no es menor.
La colza ucraniana no enfrenta ese estigma regulatorio. Bajo la directiva RED III —el marco europeo que establece metas obligatorias de energías renovables en el transporte—, el biodiesel producido a partir de colza sigue siendo una vía válida y reconocida para que los países miembro cumplan sus compromisos de descarbonización. Ucrania, con capacidad productiva, infraestructura exportadora consolidada y acceso preferencial al mercado europeo, estaría en condiciones de ocupar parte de ese espacio.
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Equipo Prensa
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