Osorno fue el escenario de una jornada que reunió a cerca de 200 representantes del sector productivo, científico e institucional para reflexionar sobre el presente y futuro de uno de los cultivos más importantes para la seguridad alimentaria. El mensaje fue transversal: la productividad, la competitividad y la sanidad de la papa chilena comienzan en la calidad de su semilla.
Cada 30 de mayo se conmemora el Día Internacional de la Papa, una fecha instaurada por las Naciones Unidas para reconocer la importancia de este cultivo en la alimentación, la economía y el desarrollo rural de millones de personas en el mundo. En Chile, la celebración tuvo lugar el pasado 28 de mayo en Osorno, donde la Asociación Chilena de la Papa (ACHIPA) organizó el seminario “Situación Actual y Proyecciones del Cultivo”, reuniendo a cerca de 200 asistentes entre productores, investigadores, asesores, estudiantes, empresas y representantes de organismos públicos.
La bienvenida estuvo a cargo de la Dra. Ivette Acuña, presidenta de ACHIPA, quien destacó la relevancia estratégica de la papa para el país. Actualmente, Chile produce alrededor de 1,6 millones de toneladas anuales y mantiene un consumo estimado entre 50 y 60 kilogramos per cápita, cifras que posicionan al cultivo como un componente fundamental de la seguridad alimentaria nacional. Además, su producción involucra a miles de agricultores, con una importante participación de la Agricultura Familiar Campesina.
Un cultivo global frente a nuevos desafíos
La primera exposición estuvo a cargo del Dr. Daniel Caldiz, consultor internacional especializado en papa, quien entregó una mirada global sobre la evolución del cultivo.
Actualmente la papa se cultiva en aproximadamente 150 países y ocupa cerca de 19 millones de hectáreas a nivel mundial. China, India y Ucrania concentran una parte importante de esta superficie, mientras que países asiáticos han logrado aumentos significativos en productividad gracias a la incorporación de tecnologías, sistemas de riego y políticas de apoyo a la agricultura.
Sin embargo, el especialista advirtió que la producción mundial enfrenta desafíos crecientes. El aumento de los costos energéticos y de fertilización, junto con escenarios de sobreoferta observados durante 2025, han generado presiones importantes sobre la rentabilidad del cultivo.
Entre los desafíos futuros destacó la necesidad de fortalecer la innovación tecnológica, mejorar los sistemas de producción de semilla y enfrentar de manera oportuna las enfermedades emergentes que amenazan la producción mundial. Como ejemplo, mencionó patógenos de importancia internacional como Synchytrium endobioticum y los complejos asociados a punta morada, además de nuevas herramientas biotecnológicas para el control de enfermedades como el tizón tardío.
Los Lagos: el corazón semillero de la papa chilena
La visión nacional fue presentada por Adriana Valenzuela, analista de cadenas agroalimentarias de ODEPA, quien entregó una radiografía actualizada del sector.
Los Lagos concentra aproximadamente el 30% de la producción nacional de papa, seguido por La Araucanía con un 21%. En total, existen más de 24 mil unidades productivas asociadas al cultivo, de las cuales cerca de 18 mil poseen menos de una hectárea, reflejando la enorme importancia social del rubro para la agricultura familiar.
Uno de los aspectos más destacados fue el liderazgo nacional de la Región de Los Lagos en la producción de semillas. Actualmente, el 99% de los semilleros del país se encuentra en esta región, con más de 1.200 hectáreas destinadas a este propósito y cerca de 500 productores especializados.
Gracias a sus condiciones agroclimáticas y sanitarias, Chile ha logrado consolidarse como exportador de semilla certificada hacia países como Brasil, Uruguay, Panamá y Guatemala, constituyendo una ventaja competitiva reconocida a nivel regional.
Durante la discusión también se abordaron desafíos pendientes, entre ellos la informalidad comercial, estimada en torno al 25% del mercado, y la necesidad de avanzar hacia una mayor industrialización de la producción nacional.
Vigilancia sanitaria y anticipación: claves para el futuro
La dimensión fitosanitaria tuvo un espacio central durante la jornada.
El Dr. Nicola Fiore, académico de la Universidad de Chile, presentó una actualización sobre los fitoplasmas asociados al complejo de punta morada de la papa, enfermedad que afecta a diversos países de América Latina.
El especialista explicó que estas enfermedades son esencialmente preventivas, ya que no existen tratamientos curativos efectivos una vez que la planta ha sido infectada. Por ello, el manejo se basa en la vigilancia, la prevención y el control de insectos vectores.
Asimismo, destacó la importancia epidemiológica de las malezas y hospederos alternativos, que pueden actuar como reservorios de estos patógenos y favorecer su permanencia en los agroecosistemas.
Respecto a la situación nacional, señaló que si bien se ha detectado la presencia de fitoplasmas pertenecientes al grupo 16SrIII-J, el complejo de punta morada no se encuentra establecido en Chile. Sin embargo, enfatizó la necesidad de mantener programas de vigilancia y evaluación de riesgo, especialmente en zonas de ingreso de material vegetal desde países vecinos.
Reinterpretar la condición fitosanitaria de Chile
Posteriormente, la Dra. Ivette Acuña abordó los desafíos que representan los patógenos emergentes para la agricultura nacional.
Uno de los mensajes más relevantes de su presentación fue la necesidad de replantear el concepto tradicional de Chile como una “isla fitosanitaria”. Si bien las barreras geográficas continúan representando una ventaja comparativa, el creciente intercambio comercial y el movimiento internacional de personas y material vegetal generan nuevas oportunidades para la introducción de enfermedades.
Virus, bacterias, hongos y fitoplasmas forman parte de un escenario fitosanitario cada vez más dinámico, donde la detección temprana, el monitoreo permanente y la certificación de material vegetal adquieren un rol estratégico.
En este contexto, destacó que la certificación de semilla ha sido uno de los factores que más ha contribuido al aumento sostenido de los rendimientos del cultivo durante las últimas décadas.
La semilla como eje de la competitividad
La jornada continuó con la presentación de Andrea Monsalve, profesional del Servicio Agrícola y Ganadero (SAG), quien expuso sobre la normativa vigente para la producción de semilla de papa en Chile.
Actualmente existen cerca de 80 variedades certificadas y el sistema nacional mantiene altos estándares de calidad, con bajos niveles de rechazo en los procesos de certificación. Entre las principales causas de rechazo se encuentran virus como PVY, la presencia de nematodos y, en casos excepcionales, problemas asociados a enfermedades como la sarna plateada en minitubérculos.
La expositora destacó además que el SAG se encuentra evaluando nuevas actualizaciones normativas destinadas a fortalecer aún más la calidad sanitaria de la semilla producida en el país.
Un consenso transversal
La mesa redonda que cerró la actividad permitió integrar las distintas visiones presentadas durante la jornada. A pesar de la diversidad de temas abordados —mercados, productividad, exportaciones, normativas y sanidad vegetal— surgió un consenso transversal entre los participantes.
La semilla constituye la base de todo el sistema productivo.
De su calidad genética y sanitaria dependen directamente el rendimiento de los cultivos, la competitividad de los productores, la capacidad exportadora del país y la sostenibilidad futura del rubro.
Asimismo, se destacó la importancia estratégica del SAG en la protección fitosanitaria nacional, la necesidad de fortalecer la vigilancia epidemiológica, promover una mayor educación respecto al movimiento de papa y material vegetal, capacitar a los agricultores y facilitar el acceso a minitubérculos y semilla de alta calidad.
En una agricultura cada vez más expuesta a nuevas amenazas biológicas, el mensaje que dejó el Día Internacional de la Papa 2026 fue claro: proteger la sanidad y calidad de la semilla no es únicamente una tarea técnica, sino una condición indispensable para garantizar la productividad, la competitividad y la seguridad alimentaria de las próximas décadas.































