Las cubiertas vegetales vivas e inertes constituyen una de las prácticas agrarias con mayor potencial para mejorar la sostenibilidad de los cultivos leñosos mediterráneos. Su implantación reduce la erosión, mejora la infiltración y la calidad del suelo, favorece la biodiversidad y contribuye a la mitigación y adaptación al cambio climático mediante el aumento del carbono orgánico.

Los ecorregímenes del PEPAC 2023-2027 impulsan su adopción mediante ayudas económicas específicas (Red PAC, 2026). Sin embargo, su eficacia depende de la adaptación al contexto edafoclimático, del manejo adecuado y de la minimización de riesgos como la competencia hídrica en secano. La combinación de apoyo técnico, investigación y planificación resulta clave para consolidar estas prácticas como una estrategia agronómica rentable y resiliente.

Introducción

La agricultura mediterránea se encuentra en un proceso de transformación impulsado por la necesidad de mantener la rentabilidad de las explotaciones mientras se reducen los impactos ambientales asociados a la actividad agraria. El cambio climático, la degradación progresiva de los suelos, la pérdida de biodiversidad y la creciente frecuencia de fenómenos meteorológicos extremos obligan a replantear muchos de los modelos de gestión tradicionalmente utilizados en los cultivos leñosos.

Entre estos cultivos leñosos, el olivar constituye uno de los sistemas agrarios más representativos del Mediterráneo español. Sin embargo, gran parte de su superficie se localiza en terrenos con pendientes moderadas o elevadas, con marcos de plantación amplios y en zonas sometidas a episodios recurrentes de lluvias torrenciales, circunstancias que favorecen procesos de erosión severos.

Durante décadas, la gestión del suelo estuvo basada en el laboreo intensivo o en el mantenimiento de superficies desnudas mediante herbicidas. Estas prácticas agrícolas perseguían maximizar la disponibilidad de agua para el cultivo, eliminando cualquier vegetación competidora. No obstante, la experiencia acumulada y la investigación científica han demostrado que este enfoque genera importantes pérdidas de suelo, disminuye la fertilidad y compromete la sostenibilidad de las explotaciones a largo plazo. En este contexto, las cubiertas vegetales emergieron como una alternativa eficaz para compatibilizar la productividad y la conservación de los agroecosistemas.

La erosión como principal amenaza para los cultivos leñosos

La erosión hídrica constituye uno de los principales procesos de degradación de los suelos agrícolas mediterráneos. Diversos estudios muestran que las pérdidas medias de suelo en sistemas agrícolas convencionales pueden alcanzar entre 12 y 15 toneladas por hectárea y año (MITECO, 2019), valores muy superiores a las tasas naturales de formación de suelo. Mientras la naturaleza genera aproximadamente 0,5 toneladas de suelo por hectárea y año, prácticas agrícolas inadecuadas pueden destruir en una década el equivalente a varios siglos de formación edáfica.

Esto convierte el suelo en un recurso no renovable y las consecuencias negativas son múltiples (pérdida de fertilidad, reducción de la profundidad efectiva del suelo y capacidad de retención de agua, compactación, reducción de la actividad biológica, sedimentación de cauces, embalses y humedales, incremento de los costes de producción, etc.).

Fuente : Interempresas

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