Francisco “Pancho” Barría (63) exhibe con orgullo todas las plantas y frutos que obtiene en su huerta y granja escuela, ubicada en medio de la agreste estepa fueguina, en la margen sur de la localidad de Río Grande, al centro este de la isla austral. Llaman la atención los tamaños de sus repollos de hasta 19 kilos, nabos de 12 kilos, zanahorias de 3 kilos, siempre según el productor. No solo lo hace con cobertura, debido a los crudos y extensos inviernos, sino que también a cielo abierto, ya que “hay plantas que soportan la nieve y temperaturas que llegan a sobrepasar los 30 grados bajo cero”, aclara.

Explica que las plantas que crecen a cielo abierto y resisten a la nieve son las cinco variedades de kale que él posee; acelgas, aunque señala que la variedad más resistente es la de colores o arco iris; nabos, remolachas; “hay un perejil crespo que soporta el hielo muy bien; la rúcula y el repollo andan de maravilla”, asegura.

Continúa el fueguino: “La rúcula es imparable, y sobre todo el repollo de Bruselas, pero también el morado, el corazón de buey, quintal y criollo. El ajo morado, también, que aprovecho para conservar el verdeo, pero lo adapté y hago de dos estaciones. Cuando echan las semillas, las dejo pasar el frío para que se adapten y luego las cosecho”, indica.

Agrega que también la acelga resiste a las heladas, tanto la de penca ancha, la de colores, las frambuesas amarillas, rojas y moradas, los arándanos canadienses, el corinto y la peperina. Pero además, la alfalfa, la avena y la cebada crecen muy bien”.

Francisco vive en el centro de la ciudad y todas las mañanas se dirige en su vehículo utilitario hacia lo que él denomina su granja escuela La Huerta de Panchito, en la calle Los Cerros al 250. Porque además de cultivar una gran diversidad de plantas, cría gallinas, patos, gansos, cerdos y hasta pavos reales.

“Cultivo un poco de todo. No me interesa la cantidad. Y crío animales para consumo y vendo algunos. Pero además, para que los chicos que no tienen oportunidad de salir de la isla, puedan palparlos en vivo y en directo. A los de raza fina los cruzo con criollos para que se fortalezcan y adapten a esta cruda región. Hago carnes ahumadas y chicharrón de cerdo, deshidrato verduras para el invierno, hago de todo, como cuando era chico, que no teníamos adónde comprar”, recuerda.

Lo primero que quiere distinguir Barría es que no es lo mismo adaptar una planta, aclimatarla, que naturalizarla. “La adaptada, puede durar tres a cuatro años, pero la naturalizada va a ir fortificando su semilla cada vez más, aumentando su tamaño, su peso y su calidad. Pero si la adaptaste, sería híbrida y no te daría su fruto”, indica.

Lo segundo que quiere remarcar Francisco es que la base de todo su saber está en su conocimiento ancestral del cuidado y tratamiento de las semillas, que aprendió de su madre, siendo niño, en el sur de Chile, en la isla Grande de Chiloé.

“Ella nos decía que la semilla era lo principal. Para mí la tierra es verdaderamente como mi madre. Me fabrico mis propias herramientas ancestrales para trabajarla. Cuento con unas 75 semillas naturalizadas en la isla. Las guardo en lugar sin humedad, las seco y selecciono en forma natural y manual, en lugar sombreado, con aireación, en bolsas de arpillera o en cajas de cartón. Pero al aventar las semillas en el exterior, siempre vuelan algunas y hay que ver cómo crecen en medio de las piedras, sin sustrato especial. La Madre Tierra es sabia y muy generosa”, asevera el productor, emocionado.

Pancho repasa su vida: “Soñaba con estudiar agronomía, pero no pude, por razones económicas, y a mis 17 años me vine de Chile a Río Grande, donde aprendí el oficio de soldador de alta presión para la industria petrolera y preparé gente muchos años. Hoy sólo hago soldaduras de fundición en cobre, bronce, aluminio, plata y restauro antigüedades. Pero al llegar a esta isla me puso muy triste el inhóspito paisaje de la estepa, ya que la isla de Chiloé es muy fértil y frondosa. Entonces me propuse probar hasta dónde podría embellecer el paisaje con vegetación. Antes de hacerme mi casa, llené de pasto y árboles el terreno. Luego compré una hectárea en la margen sur de la ciudad, donde monté mi granja escuela”.

Relata Barría que en verano llueve muy poco, que es un clima muy seco, y que hacer un pozo es muy costoso. No les llega el agua de red y la municipalidad les entrega agua mediante camiones cisterna, que él almacena en tanques. Le dejan 12.000 litros semanales, que a él le es escasa. “En verano tenemos sol desde las 4 de la mañana hasta la hora 23. Pero la luz solar no cae sobre la copa del árbol, sino en 45 grados, a la base de la plata y eso acelera el crecimiento de las plantas. En invierno amanece a las 10 de la mañana y oscurece a las cinco de la tarde”, alecciona.

Francisco habla de soberanía alimentaria y dice: “Todo acá es agroecológico y estoy en contra de los agroquímicos. Cuento con 35 variedades de papas nativas, incluso la topinambur de México. Tengo flores comestibles como el vinagrillo real y muchas flores para ahuyentar las plagas”.

El chileno detalla sus formas de venta: “Mi boca principal de ventas es en la misma huerta, donde abrí un local, pero lo más lindo es que la gente que llega a comprar, se coseche sus propias verduras y hortalizas. Armo cajas con variedades de verduras y hortalizas, y vendo semillas envasadas, vendo a restoranes y voy a ferias, hasta en Ushuaia. Elaboro dulces, mermeladas y conservas, pero sólo para mí. Hago casi todo solo y suelo contratar a 2 o más personas cuando necesito ayuda”.

Cuenta el productor que luego de la pandemia comenzó a interesarle crear conciencia en la sociedad, por lo que hoy dedica mucho tiempo a la docencia. “Doy charlas a escuelas primarias, secundarias y terciarias, en la UTN, en programas de huertas familiares y mi granja es una escuela. Estoy a punto de inaugurar un invernadero escuela para personas con problemas de movilidad, sobre todo pensando en los ancianos, que la sociedad suele descartar, y también para no videntes, con sistema braille. Hace muchos años que deseaba hacerlo y al fin se me dio la oportunidad”, celebra.

Y culminó: “En mi vida, jamás soñé con ser un capitalista, sino que en los años que me queden por vivir sólo quiero compartir todo lo que aprendí. Además, investigo mucho sobre la cultura de las etnias originarias de la isla y me encanta difundir todos los saberes ancestrales, como todos los que aprendí de mi madre”.

Fuente : bichosdecampo.com – Esteban “El Colorado” López

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