• Hace un tiempo tuve la oportunidad de ser testigo de una experiencia que se me quedó grabada. Un grupo de jóvenes voluntarios, en el marco del programa «Vive tus Parques» —fruto de un convenio intersectorial entre el Instituto Nacional de la Juventud y la Corporación Nacional Forestal (CONAF)— diseñó y construyó una pasarela de accesibilidad de alrededor de 200 metros en el Parque Nacional Llanos de Challe. Esta obra permite que personas con movilidad reducida puedan recorrer el trayecto desde el sector de estacionamiento hasta un mirador con una hermosa vista al océano Pacífico. Recuerdo el compromiso y la alegría de esos jóvenes al entender que su trabajo permitiría que muchas más personas pudieran disfrutar de un patrimonio natural que, de otro modo, habría quedado fuera de su alcance. Esa imagen —la naturaleza abriéndose paso para todos, sin excepciones— es la que quiero traer a colación.

Este recuerdo surge en el marco de que, durante este año, la Región de Atacama podría volver a ser escenario de uno de los fenómenos naturales más singulares del planeta, el desierto florido. Se proyecta que este fenómeno podría extenderse este año no solo por Atacama, sino también a lo largo de las regiones de Coquimbo y Antofagasta, abarcando una superficie estimada de más de 15.000 km². Y se espera que la floración se intensifique después de mediados de septiembre y se extienda hasta octubre, e incluso hasta noviembre en algunos sectores costeros.

Frente a un despliegue de vida tan extraordinario y efímero, conviene recordar que el desierto florido no es solo un espectáculo visual, sobre todo es un ecosistema frágil, cuyo equilibrio puede verse fácilmente alterado por la afluencia masiva de visitantes. Disfrutar de este fenómeno con responsabilidad implica, entre otras cosas, mantenerse en los senderos habilitados, no arrancar flores ni extraer plantas o semillas, respetar las señaléticas y capacidad de carga de cada sector.

En este sentido, el Parque Nacional Llanos de Challe se presenta como un destino especialmente valioso para vivir esta experiencia. Además de ofrecer la posibilidad de observar el desierto florido en un entorno protegido, cuenta con senderos que permiten conocer de cerca la geografía costera e interior de Atacama, y —gracias a iniciativas como la pasarela que mencioné al comienzo— avanza en hacer de esta experiencia algo cada vez más inclusivo. Visitar este tipo de parques, en este caso, pertenecientes al Sistema Nacional de Áreas Silvestres Protegidas, administradas por CONAF, no es solo una oportunidad recreativa, sino que es también una instancia educativa, donde es posible aprender sobre la importancia ecológica de estos ecosistemas áridos y semiáridos, su biodiversidad única y los desafíos que enfrentan frente al cambio climático y la actividad humana.

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