Cecilia Ramos Académica Escuela de Agronomía Académica Escuela de Agronomía
Cada 15 de octubre, el mundo reconoce a las mujeres rurales. Pero más que una fecha en el calendario, es una oportunidad para mirar hacia uno de los grandes desafíos de nuestras regiones: ¿quiénes sostendrán y transformarán el campo en las próximas décadas?
La respuesta está, en buena medida, en las propias mujeres rurales. Ellas producen alimentos, sostienen familias, participan en organizaciones comunitarias y preservan conocimientos que forman parte de nuestra identidad territorial. Muchas, además, enfrentan una exigente triple labor: cuidar, trabajar y liderar.
Y aunque su aporte es fundamental, todavía existen brechas importantes en el acceso a tierra, financiamiento, capacitación y tecnología. Eliminarlas no es solamente una cuestión de equidad, sino una decisión estratégica para la agricultura y el desarrollo regional.
El campo enfrenta otro desafío urgente: el recambio generacional. Muchos jóvenes migran hacia las ciudades buscando nuevas oportunidades, dejando atrás comunidades donde se pierde, poco a poco, conocimiento, experiencia, tradición y capacidad productiva.
Pero algo está cambiando. Mujeres rurales están demostrando que la agricultura también puede ser innovación, tecnología y emprendimiento; lo anterior mediante el desarrollo de experiencias de agroturismo, comercializando directamente sus productos a través de plataformas digitales y utilizando tecnologías para hacer un uso más eficiente del agua y otros recursos.
Esta transformación importa porque muestra que el futuro del campo no necesariamente pasa por abandonar la tradición, sino por combinarla con nuevas herramientas. La conectividad, la alfabetización digital y la formación técnica, pueden convertir una actividad muchas veces asociada al sacrificio, en una oportunidad de desarrollo, autonomía y empleo para las generaciones venideras.
Desde la educación y la academia tenemos también una responsabilidad: acompañar estos procesos, acercar conocimiento y tecnología y construir alianzas que respondan a las necesidades reales de los territorios.
Reconocer a las mujeres rurales, no puede quedarse solo en un saludo. Significa abrir oportunidades, fortalecer su autonomía económica y valorar su capacidad para liderar los cambios que necesita nuestra agricultura.
Porque cuando una mujer rural tiene herramientas para desarrollarse, no solo crece una emprendedora: también lo hace una familia, una comunidad y el futuro de nuestro campo.






































